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por Angélica GORODISCHER
Muy impresionante, esto de venir a hablar del Libro de Esther. Una en lo primero que piensa es en el Antiguo Testamento y en los Libros Históricos del Antiguo Testamento; en el rey Asuero, en los medos y los persas, el oro, los harenes, las horcas de las que penden los traidores, y, por supuesto, en Esther, la Reina, la que logra lo que nadie antes que ella había logrado. Es impresionante.
Y vaya una a saber si no es pertinente además. No creo que Esther, nuestra Esther, haya mandado a alguien a la horca. Pero no hay duda de que ha hecho algunas cosas que a la otra, a la consorte de Asuero, ni siquiera se le hubieran ocurrido. Ha escrito un libro. Bueno, ha escrito varios, pero hoy nos ocupamos de éste. Ha escrito un libro, como les decía. Dudo de que la Reina Esther, con toda su belleza y astucia, haya escrito jamás un libro ni una nota ni la cuenta del supermercado. Aquella Esther lo que hizo fue dar rienda suelta a la imaginación y maquinar sutiles planes para conceder la libertad a su pueblo. La nuestra lo que hizo fue dar rienda suelta a la imaginación y conceder la libertad a los personajes que había estado pergeñando. No está nada mal.
El resultado es éste, “Berlín es un Cuento”, y en las páginas del cuento pasan casi tantas cosas como las que pasaban en el reino de Jerjes primero el aqueménida..
Hay un cuento, evidentemente. Y el cuento es no sólo el que nos cuenta Esther sino que es además el cuento que nos va a contar la Novelista y que termina siendo el libro que hemos leído. Y para seguir con la riqueza del texto, el cuento es también el hilo conductor y a la vez separador de capítulos (que no existen) casi como un señalador de esos que nos regalan en las librerías, el hilo brillante y etéreo que conecta y separa ambos cuentos ya citados.
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Esther Andradi |
Entre escenario y escenario, en los que se van a ir desarrollando y develando las peripecias, la crisis y el enjambre de relaciones que se despliegan en la lectura, hay otra realidad mentida, no menos realidad por eso, que nos va dando pistas acerca de la ciudad y sus medios, de la ciudad y su aire, sus gentes, sus dificultades, sus maldi y bendiciones, todo lo que hay que saber, no, lo que hay que aprender poco a poco a superar si una se quiere quedar a vivir en el cuento, en Berlín, en el Berlín del cuento,
Lo cual no quiere decir que no se desprendan del libro las reflexiones básicas que quizás alguna vez Esther se hizo en el silencio de una noche berlinesa o en la soledad de la llegada. O tal vez no. Tal vez no provengan de ahí sino, lentamente, juiciosamente, de la vida que se despliega y que en manos de una escritora toma otra forma, otra dimensión, otros olores y sabores y terminan por ser parte del hilo casi invisible que nos va llevando o palabras en boca, en mente, en intención, de alguno de sus personajes.
Veamos este asunto de las novelas. Mientras la Reina Esther se viste de tisú de oro y calza diadema de brillantes, nuestra Esther elige cuidadosamente las palabras para que haya al menos dos novelas. Al menos. De entrada se nos dice que Bety es la Novelista. Que quiere serlo. Quiere ser novelista, escribir novelas, una novela por lo menos, para salvarse en el exilio como si fuera para festejar íntimamente una fiesta individual y secreta de Purim en la cual comer cuadrados de amapola. ¿Comería la Reina Esther cuadrados de amapola? Me parece que no.
Y bien, el puente para llegar al corazón, al meollo del cuento de Berlín es Jan, y Jan es inasible. No sólo porque Bety no lo va a alcanzar nunca sino porque le pasan demasiadas cosas y reflexiona una y otra vez y vuelve sobre sus pasos y vuelve a volver. Pero no es más que eso, un puente, el que ha ido de la América Latina fantaseada por los alemanes (y por pueblos de toda laya), del Perú caliente y caótico, el Perú incomprensible y sufrido, hasta el país dividido en dos mitades que se miran con desconfianza y dudan de poder alguna vez volver a unirse.
Una vez atravesado el océano, que no abrió sus aguas para que Bety pasara, hela ahí huérfana de idioma, capturada en la sintaxis de un castellano que le sirve solamente para entenderse con los suyos, los que ya están y los que hasta disfrutan de estar. Pero ella sabe que para escribir la novela, para ser efectivamente lo que ella dice que es, la Novelista, necesita el idioma de los demás.
Y al tiempo que estudia alemán, se va desenvolviendo La Novela, el Libro de Esther se va completando y aprendemos las caras de los que forman la cohorte del rey. Por eso aparecen figuras que pertenecen al aquí y al allá, que salen de un plano para meterse en el otro, que son olvidables a veces cuando nos trasladamos y que se inmiscuyen en lo que no les corresponde cuando nuestra lectura salta de una página a la otra. La Vieja Loca de los Guacamayos por ejemplo, El Profeta, Birgitte y, no menos que nadie, Eva que se muere.
La humanidad se queda sin madre. De pronto Eva, que agonizaba, que no sabía lo que decía a fuerza de saberlo todo, de pronto ya no está ahí. Se ha muerto y su ausencia marca las vidas de todos los que como en el tiovivo del exilio, Zarah y Martin y Sigrid la Confidente giran alrededor de Bety y el cuento de Berlín que tiene que contar.
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Berlín después de una guerra. |
Por eso, porque ya no tenemos madre, aparecen las Tres Gracias, las Tres Parcas, las tres mujeres de los tres deseos de los cuentos que les contamos a los chicos antes de que se duerman. La Vieja, la Gorda que es la Traidora y la Bella. Me pregunto si son las doncellas de la Reina y Asuero ignora sus poderes. O si son el destino, la justicia y el castigo. Tres, sea como fuere, es un número enigmático y elemental. Desolado y temido, puede traer desdicha y también el tesoro en los sótanos de palacio. Pero ellas, las tres, descienden a los infiernos, tan campantes como si fueran al kiosco de la esquina, a contemplar el horror del agua contaminada, del barro y el vacío, de la liquidación de un mundo.
Cito: “Locas. Dicen que están locas. Locas de amor, de derrumbe, de deseo. Locas por la justicia. La locura es poesía urbana”. En la ciudad se mueven las locas que son, querámoslo o no, inmarcesibles, imposibles de matar, de barrer bajo la alfombra. Son la Justicia y la Traición, y si bien la Reina Esther puede hacer colgar de la horca a Amán el traidor, Bety no puede nada contra el decreto de la Policía de Migraciones que le ordena dejar el país. Está, nuevamente, sola a pesar de haber aprendido alemán, pero no a pesar de haber escrito su Novela. La Novela que es el cuento que estamos leyendo.
Yo, personalmente, creo en lo que le dicen los amigos. “El futuro se disuelve”. Shantia y Charlie y Martín y Leo y todos, opinan que no hay que hacer caso. Por otra parte, ¿qué? ¿Irse? ¿Adónde? La Bella, La Gorda y la Vieja vigilan: ¿cuál es la alternativa? ¿Qué va a hacer Bety?
Nos enteramos inmediatamente de qué es lo que va a hacer. Y cerramos el Libro de Esther con una sensación de, ¿de qué? De plenitud, desde ya, de ésas que nos agarran después de haber leído un libro que no hubiéramos querido que se terminara. No esta noche, no ahora, no, que no se termine.
Y no se termina gracias al material con el que está construido, gracias a un lenguaje un poco loco, fragmentado, cambiante de novela a novela, y capaz de enfrentar las palabras más exquisitas con las más desterradas, desharrapadas, desveladas y despreciadas que solemos usar. Es una mezcla inefable y sumamente eficaz. Lo sabemos todo, como la Reina vestida de tisú de oro, porque nos lo han dado todo, entre todos ellos y sobre todo ellas, Bety, Sigrid, Las Tres Locas, Eva, y la autora, Esther Andradi.
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César Rosales-Miranda. Foto: W. Lingan |
En la reciente novela “Hannópoli”, el autor peruano César Rosales-Miranda, residente en Alemania,refleja el drama que viven los inmigrantes latinoamericanos en su lucha por insertarse en el gélido ambiente de Europa del norte, el cual es sufrido por Miguel Solares, un estudiante latinoamericano residente en la ciudad alemana de Hannover.
En esta fría ciudad germana, la discoteca y bar “Hannópoli” invita a los latinos y algunos alemanes a disfrutar la música, el baile y la bohemia, en un ambiente lleno de nostalgias de su ancestro latino. En la caótica fauna que puebla su pista se congregan estudiantes, bailadores de salsa, intelectuales, pintores, escritores y libertinas, en busca de una atmósfera exotica, muy latinoamericana, que solo se puede encontrar allí.
Despues de iniciar sus estudios universitarios, Miguel frecuenta el “Hannópoli” para sofocar su soledad y disfrutar tertulias con personajes muy peculiars que se convierten en sus más cercanos camaradas de juerga, como Armando, Elías, Jens, María Cristina (“Chichí”) y Stefan, este último, a través de su columna editorial, hace una crítica sarcástica de la sociedad germana.
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Hannópoli . César Rosales-Miranda. Editorial Mare Nostrum. Santiago de Chile. 2008 300 páginas. |
En esa noctámbula farándula, Miguel conoce a su novia polaca, la bella Úrsula, con quien entabla un apasionado romance. Pero el peso de la muerte de su padre, el derrotismo y la lejanía deprimen a Miguel, haciéndolo perder los estudios y retrasar su tesis de grado. Embriagado por ese compass de vida y la multiculturalidad, se envuelve inconscientemente en un vínculo erótico con Marzena, la hermana gemela de Ùrsula. A pesar de su fracaso universitario, Miguel vive su exilio intensamente, acepta la conducción del programa radial “Onda Hispanoamericana”, multiplica sus amistades y afectos hacia las personas de su entorno bohemio y se aferra desesperadamente en su amor a Ùrsula. Súbitamente sus compañeros de cátedra terminan sus estudios y el Estado cierra la facultad por un escándalo de corrupción. Miguel se ve impedido de sustentar su tesis y lo desgarra la ruptura con Ùrsula, quien regresa a Polonia junto con su hermana gemela Marzena.
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ALA, según el diccionario de la Real Academia, tiene muchísimos significados, pero en este caso quiere decir Autores Latinoamericanos de Alemania, y para evitar suspicacias de género o actos de mala fe, también tiene que leerse, o interpretarse, como: Autoras Latinoamericanas de Alemania. Somos autoras y autores de diferentes países latinoamericanos que, alejados forzada o voluntariamente, hemos hecho de Alemania «nuestra casa». El Boom literario de los años 70 hizo vendible la literatura latinoamericana en este país y en el resto de Europa, pero como nosotros no pertenecemos a ese grupo de autores ni tampoco al último y nuevo invento comercial, el Boomerang, no gozamos, salvo algunas excepciones, del interés de agentes literarios ni de las editoriales y menos aún de los medios de comunicación. A pesar de todo, la literatura está presente, de algún modo, en muchas de las actividades culturales que se realizan en torno a Latinoamérica. Autores, organizados en diversas iniciativas, intercambian y discuten sus creaciones literarias. Han surgido muchas asociaciones y talleres literarios a lo largo de todo el país y a través de ellos se han publicado ediciones bilingües, sólo en castellano o portugués dando cuenta de su trabajo creativo. Sólo para mencionar algunas: Tierrada y El Butacón en Hamburgo; MeloPoeFant, Trilce y Gabriela Mistral en Berlín; Abya-Yala en Colonia; ALAM (Autores Latinoamericanos en Múnich), así como también la reciente desaparecida Editorial Quinde bajo la dirección del poeta Hernán Quintana Díaz (Ecuador/Múnich), quien también editaba la revista El Colibrí.
En 1993, durante la redacción del N° 170 de la revista Ila que se dedicó a la literatura latinoamericana de Alemania, se pudo comprobar que «la escena literaria en Alemania es más grande y polifacética» de lo imaginado. Aquella vez no se pudo contactar a muchos autores o sus textos llegaron muy tarde a la redacción. Entonces surgió la idea de crear la sección literaria AusSprache, que se inició en 1995 con un texto del escritor chileno Omar Saavedra Santis, cuya obra, integrada por narrativa y teatro, está publicada en alemán. Sus libros de teatro son: Szenen wie die Nacht (Escenas como la noche, 1977), Wilkommen im Amapola (Bienvenido a Amapola, 1980), y Der Konsul und die Terroristin (El cónsul y la terrorista, 1988). Luego vendría la selección de cuentos Torero (1983). Su novela Blonder Tango (Tango rubio, 1983) fue llevada al cine, después aparecieron Felipe kommt wieder (El regreso de Felipe, 1987) y Frühling aus der Spieldose (Primavera en una caja de música, 1990) que fue un éxito en los tiempos de la Alemania Democrática. Han pasado más de dos años desde que salió a la luz el primer cuento latinoamericano hablando alemán en AusSprache y en este tiempo hemos podido encontrar y reencontrar a muchos autores y autoras de diferentes países del Nuevo Continente cuyas obras husmean entre la nostalgia y el cuestionamiento del entorno alemán y los cambios que sacuden a Europa. Quiero hacer una recopilación mínima, sin detenerme en el análisis ético o estético, de un grupo de autores que han publicado sus textos y que residen en Alemania. De esta lista he «eliminado» a aquellas personas que no han logrado editar sus obras, muchas de ellas ganadoras de sendos concursos literarios y con prometedoras perspectivas literarias, pero la fuerza arroladora del infortunado destino truncó esas esperanzas.
La célebre ciudad de Berlín cobija a Esther Andradi (Argentina) autora de Chau Pinela (Lima, 1988), Come, éste es mi cuerpo (Buenos Aires, 1997) y Tanta vida (Buenos Aires, 1998). Sonia Solarte (Colombia) que ha publicado: Para que el olvido no te toque (Berlin, 1990), Mundo papel — Papierwelt (Berlín, 1996) y Conmemoración de la ausencia (Bogotá, 1999). Luis Fayad (Colombia) conocido por sus novelas Los parientes de Ester — Auskunft über Esters Verwandte (1978/1987) y Compañeros de viaje (Bogotá, 1991) y sus libros de relatos Los sonidos del fuego (Bogotá, 1968), Olor de lluvia (Bogotá, 1974), Una lección de la vida (Bogotá, 1984) La carta del futuro / El regreso de los ecos (Medellín, 1993), Un espejo después (Bogotá, 1995), así como Heinrich Heine: Sueños y canciones (Bogotá, 1996) y la novela: La caída de los puntos cardinales (Bogotá, 2001).
En Hamburgo vive el poeta chileno José Vergara, responsable de: Juntando erizos bajo un techo muy jodido (Hamburgo, 1988) y Carnívoros / Mi chey / Bajo un cielo de madera (Hamburgo, 1995). Habitante hamburgués es Carlos Azevedo (Brasil), autor de Tríade (Sao Paulo, 1985), Quimeras (Sabará, 1988), Hamburgo Blues (Belo Horizonte, 1994), las novelas Os herdeiros do medo (Lisboa, 1996), Meu nome é ninguém (Lisboa, 1997) y el volumen de ensayos Saber com sabor (Belo Horizonte, 1996). Entre otros autores residentes en el puerto norteño están Antonio Candela (Perú) con su novela Ein Stadtviertel, genannt Chicago Chico (Hamburgo, 1992), el famoso poeta surrealista Carlos «Zuca» Saldanha (Brasil) y Lucía Charún-Illescas (Perú) que ha publicado Lateinamerika in Hamburg — Latinoamérica en Hamburgo (1995) y la inquietante novela Malambo (Lima, 2001).
En la ciudad de Hannover escribe David Hernández (El Salvador) autor de la novela Salvamuerte (San Salvador, 1993), Putolión (San Salvador, 1995/España, 1998), Fuero del fuego (San Salvador, 1997) y Alexander von Humbolt, die andere Suche nach El Dorado (Francfort, 1996). En Bremen vive Nora Becker Alvarez (Chile) que ha publicado Poesie (Bremen, 1992), Die Geister leben um die Ecke — Los fantasmas viven en la esquina (Bremen, 1994) y Die Bremer Stadtmusikanten und ihre ungewöhnliche Reise zum Glück (Bremen, 1995). En Münster encontramos a Isabel Lipthay (Chile) y su ambiciosa obra de teatro, poesía y cuento Seltsame Pflanzen und andere Lebensbilder — Curiosas plantas y otros sueños (Münster, 1995) y Aquel Encuentro — Die Begegnung (Münster, 1998). En la proletaria urbe de Essen se inspira Melacio Castro (Perú) que ha publicado: De sones y de proles o poemas de las cosas sencillas (1988), autor también de varias novelas, cuentos y poemarios inéditos. La turba residente en Colonia, la tierra de Heinrich Böll, la constituyen Israel Pérez (Ecuador) con su galardonada novela Caballos al amanecer (Quito, 1987) y sus cuentos Mañana será un gran día (Bogotá, 1987); Julio Mendívil (Perú) con sus cuentos La agonía del condenado (España, 1998) y recientemente premiado por la Biblioteca Nacional por sus ensayos acerca de la música peruana; Teresa Ruiz Rosas (Perú) con sus relatos El desván (Arequipa, 1989) y su laureada novela El copista (España, 1994, finalista del premio Herralde) y Walter Lingán (Perú), autor de Por un puñadito de sal (Lima, 1993), El lado oscuro de Magdalena (Trujillo, 1996), Los tocadores de la pocaelipsis (España, 1999), La danza de la viuda negra (Lima, 2001) y el libro de cuentos Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora (Bonn, 2005).
Dando un salto hasta Múnich nos vamos a encontrar con ALAM, asociación que agrupa, entre muchos otros, al poeta Marco Alcántara (Perú) y su ciclo poético El salvaje (Múnich, 1997), Hernán Quintana Díaz (Ecuador) y su poemario: Versos del monje (Múnich, 1977), Raúl de la Horra (Guatemala) y su laureada novela Se acabó la fiesta (Guatemala, 1996), Tomás Stefanovics (Uruguay) autor de Dilthey, una filosofía de la vida (Montevideo, 1962) y El divorcio (Montevideo, 1980), Antonio Cruz (Chile) con su voz poética RojoNegro (1997), y Zé do Rock (Brasil) quien alcanzó notoriedad por su libro fom winde ferfeelt (Berlín, 1995) con el que propone la reforma del idioma alemán creando el «ultradoisch» y UFO in der Küche (Leipzig, 1998). ALAM ha incursionado también en la edición y sus criaturas son las antologías: Liebe, Macht und Leidenschaft (1988), Juana Beltrán: Deine letzte Chance! (1994) y Alamedas (1998). Siguiendo la ruta hacia el norte llegamos a Francfort, puerta de entrada y salida de Alemania hacia el mundo, donde viven Irma González de Jahn (México) y su poemario De mi boca sale una brisa (1992) y Sui Yun (Perú) la poeta de Cresciente (EE.UU., 1977), Rosa fálica (Lima, 1983), Poemas de un amor prohibido (Wiesbaden, 1998), Cantos para el mendigo y el rey (Lima, 1999), Soy un animal con el misterio de un ángel (Lima, 2000) y Sueños de otorongo (Lima, 2004).
Apartado del mundanal ruido, olvidado por las editoras, habita en Kassel el notable escritor Hernán Valdés (Chile) autor de las célebres novelas traducidas a varios idiomas europeos Cuerpo Creciente (1966), Zoom (1971), Tejas Verdes (1974), A partir del fin (1984) y la Historia subyacente (1984). Finalmente en Göttingen encontramos a Juan de Dios Pineda (Honduras) con sus Andares y Cantares (Tegucigalpa, 1995) y Reiseplan und andere Gedichte — Itinerario y otros poemas (Göttingen, 1998).
Toda esta irreverente horda y sus musas tuvieron la intención de realizar la fiesta de las letras: ALA 1998. Las reuniones realizadas en Essen, Münster, Hamburgo, Colonia y Göttingen durante 1997 fueron preámbulos que permitieron conocerse literariamente, pero los diversos intereses de los participantes agotaron la posibilidad de aunar esfuerzos para enfrentar las fuertes tormentas y remontar las grandes alturas. ALA está quebrada, supervive malherida, aún así, débilmente, convoca todavía a un considerable grupo de escritores. Ojalá que cure sus heridas y podamos oír las múltiples voces de los Autores Latinoamericanos de Alemania.