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El humano dolor de Vallejo


 

Antonio Melis, catedrático de la Universidad de Siena, Italia. Se refiere a la novela: Vallejo en los infiernos, de Eduardo González Viaña.

 

La inquietud creadora permanente es el rasgo más notable de la narrativa de Eduardo González Viaña. Después del éxito extraordinario de su novela El corrido de Dante, una epopeya picaresca de los migrantes mexicanos clandestinos en Estados Unidos, no se ha dormido en sus laureles, sino que se ha lanzado en otra aventura muy diferente. Ha aceptado el reto de contar la vida de Vallejo, a partir de su “momento más grave”, el de la cárcel injusta sufrida en sus años juveniles. Ha realizado su empresa narrativa a partir de una profunda identificación con el poeta y su obra. Toda la novela, en efecto, se desarrolla a través de un sabio y refinado contrapunto con los textos poéticos de Vallejo.

 

Los infiernos que aparecen en el título aluden al lugar más sórdido de la prisión de Trujillo, pero también a la experiencia abismal que toda poesía auténtica supone. Alrededor de este núcleo central, se evocan los momentos más significativos de la vida del poeta, antes del viaje definitivo a Europa. La religión del hogar es uno de los alimentos fundamentales de sus primeros poemarios. En la novela este repertorio se manifiesta intensamente en la memoria de la madre y de la “numerosa familia que dejamos”. Las referencias al período escolar iluminan el cuento desgarrador de Paco Yunque. Las comprobaciones precoces de la injusticia humana encuentran confirmaciones abrumadoras en sus primeros contactos con el mundo de los trabajadores, especialmente los mineros.

 



La formación religiosa del poeta se desarrolla entre mensajes contradictorios. Por un lado choca contra una visión formalista y dogmática, fundada en la obsesión del pecado. Por el otro elabora una lectura revolucionaria del Evangelio, que lo empuja a la identificación total con los pobres de la tierra.



Cuando González Viaña relata la violencia ciega que se desata contra el pueblo, advertimos en sus páginas apasionadas algo que va más allá de la época de Vallejo. En el trasfondo, se percibe claramente la referencia a la guerra sucia que ha ensangrentado el Perú en años recientes. No faltan las referencias al contexto internacional, desde la primera guerra mundial hasta la revolución mexicana y la revolución de octubre. Las historias de amor del poeta juegan un papel fundamental. González Viaña nos ofrece retratos inolvidables de las mujeres que han marcado los años peruanos de Vallejo. Una vez más utiliza con gran acierto las referencias a los poemas de Los Heraldos Negros y de Trilce. Las enamoradas de su juventud son al mismo tiempo personajes reales de una narración y sublimación lírica.



Al lado de los amores, aparecen las grandes amistades. El narrador nos proporciona un cuadro muy eficaz de la “Bohemia trujillana”, ese círculo de escritores y artistas que afirma el protagonismo de la provincia peruana. La figura de Antenor Orrego, el primero que intuyó la grandeza de Vallejo, sobresale por sus calidades intelectuales y humanas.

La utilización cuidadosa de los documentos es particularmente evidente en lo que se refiere a la pesadilla carcelaria vivida por el poeta. La trágica noche de Santiago de Chuco se reconstruye en todos sus detalles. Pero el tiempo lineal de la narración se altera continuamente, para dejar el paso a violentas inversiones. La deshora vallejiana impone su ritmo marcado por bruscos anacronismos. En estas páginas se manifiesta una compenetración admirable con los estratos más profundos de su poesía.

Toda la novela, en sus distintos registros estilísticos, se halla iluminada por la prosa diáfana de González Viaña. El reto de transmitir la vida de uno de los mayores poetas del siglo XX se transforma en un triunfo literario, donde los recursos admirables del oficio están al servicio de un gesto profundo de amor.



Eduardo González Viaña nació en Chepén, La Libertad (Perú) n 1942. Su infancia y adolescencia discurrió en el puerto de Pacasmayo. Se graduó de abogado y realizó sus estudios doctorales de Literatura en la Universidad de Trujillo. Se especializó en Lingüística y Literatura en España y de Etnología en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. El Periodismo, una actividad que ha cultivado todo el tiempo, lo llevó a diversos escenarios de guerras en el África y a ser testigo presencial en Irán de la caída del Shah y el inicio de la revolución fundamentalista.

 

A su primer libro de cuentos, Los peces muertos (1964), le siguieron Batalla de Felipe en la casa de palomas (1969), El tiempo del amor (1984), El amor se va volando (1990) y La sombra de las mujeres (1996). En los años 80 su novela Habla, Sampedro. Llama a los brujos (1979), se convertiría en un "bestseller" español y Sarita Colonia viene volando (1990) la biografía soñada de una santa creada por el pueblo, sería su homenaje "a la santidad de los pobres", un libro que ha sido considerado como una de las grandes novelas peruanas del siglo XX.

 

Desde la década del 90, González Viaña reside en los Estados Unidos trabajando como catedrático en las universidades de Berkeley y de Oregon. Sus textos se orientan a describir y celebrar la inmigración de los hispanoamericanos, "la más grande y trascendente desde los tiempos en que los judíos caminaban hacia la Tierra Prometida". Su prosa ha sido calificada como una de las más elegantes del siglo. Según el crítico Ricardo González Vigil, "fluye rítmica y encantatoria cual versos olvidados de las convenciones métricas." Por su parte, Bryce Echenique dice que "es una prosa tan perfecta que dan ganas de cantar mientras se lee".

 

En abril de 2006 se hizo acreedora al Premio Mario and Alma Pastega Faculty Honors reconocimiento de universidades estadounidenses por sus estudios sobre César Vallejo. Y en junio del mismo año a Premio noruego Kon Tiki, otorgado por Utrop, periódico multicultural de Noruega y la Asoc. Latinoamericanista de la Universidad de Oslo para premiar las literaturas que establecen un puente entre los pueblos del Norte y del Sur del planeta.

 

Entre sus últimos libros podemos mencionar al libro de cuentos Los sueños de América (2000, 2001 y 2002), sus novelas El correo de Dante (2006, 2008), Maestro Mateo (2009), Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales (2009), ¡Quién no se llama Carlos! (2009) y Florcita y los invasores (2009).

 


Blanca Varela: Odio las despedidas



Foto: Biblioteca Nacional del Perú.

La poeta peruana Blanca Varela falleció en Lima el 12 de marzo del 2009 a los 82 años de edad. Autora de importantes poemarios como Ese puerto existe (1959), Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Camino a Babel – Antología (1986), Canto villano – Poesía reunida (1986), Poesía escogida 1949-1991 (1993), Del orden de las cosas (1993), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Como Dios en la nada - Antología 1949-1998 (1999), Concierto animal (1999), Donde todo termina abre las alas – Poesía reunida 1949-2000 (2001), entre otras publicaciones aparecidas en revistas y periódicos.

 

Sus obras fueron traducidas al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y ruso. Considerada por la crítica como una de las voces poéticas más relevantes de América Latina, Varela obtuvo algunos galardones más importantes de la poesía en español, entre ellos el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en el 2001. El año 2006 fue la primera mujer que ganó el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, de la misma forma que el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

Aquí los fragmentos de una entrevista y una muestra de su poesía.


Blanca Varela en sus palabras


Cuando a los siete años garabateé mis primeros versos, mi abuela y mi madre reaccionaron como suelen reaccionar los seres que nos quieren: piensan que todos en la familia —entre comillas— son muy inteligentes. En realidad, en casa era una especie de costumbre hacer versos. Eso viene desde atrás, un poco también entre comillas.

 

Quizás el hecho de haber sido criada en un hogar de mujeres influyó en mi capacidad de observar el mundo, el entorno (...) Indudablemente la presencia de mujeres afinó en mí esa capacidad de mirar. Somos por naturaleza muy observadoras.

 

El hecho de que mi padre no viviera con nosotros no es condición definitiva para que algunos lectores perciban en mi poesía la ausencia de la figura paterna. Mi padre era una persona a quien yo quería mucho y con el cual tuve una muy buena relación. Es verdad que no estaba en el hogar, como presencia, pero era una persona a quien yo quería y con la cual tenía amistad, que es una cosa mucho más bonita (...) Mi padre era una persona crítica, una persona muy divertida, que decía cosas a veces duras, pero con tanta gracia, además con mucha sabiduría (...) Fue una de las personas que determinó mis gustos literarios, claro que sí.


La poeta en París


 Siempre he sido bastante solitaria y además me entretenía mucho conmigo misma. Era fantasiosa, según término que usaba mi abuela. Siempre estaba creando situaciones y personajes. De pronto, por estados de ánimo, me imaginaba una situación triste o una situación romántica, aun desde muy pequeña. Yo creo que no me sentía sola en absoluto. La sordera de Dios es evidente, hasta hoy la siento.

  

El poema "Puerto Supe" lo escribí recién llegada a París. Lo considero como un poema inicial. Es un poema en el cual me enfrento con un país, con una sociedad, con una situación:

 

 Está mi infancia en esta costa,

Bajo el cielo tan alto,

Cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

Nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

Azules casas en el horizonte (...)

Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.



Yo era una chica peruana que había llegado a París en condiciones modestas, recién casada, buscando conocer cosas. Sentí muy fuerte la indiferencia, es decir, mi identidad se hizo muy insistente. No es que la tuviera formada, tal vez, pero comenzó a formarse como una especie de gran dolor y añoranza de lo otro. Entonces, cuando me refiero a mi infancia, me refiero al Perú, a la sociedad peruana.

 

Los seres humanos no tenemos mucho tiempo para hacer lo que quisiéramos hacer y tal vez tenemos limitaciones. (...) Me hubiera gustado en un momento ser una heroína. Cuando era más joven sentía que era capaz de dar la vida por algo. Ahora ya no, ya mi vida vale poco, son muy pocos los años que me quedan, ya qué puedo dar. ¿Me comprendes? Es importante la juventud, pero siento que la juventud ignora el valor que tiene el potencial de la existencia. (...) A mi manera he luchado, en un aspecto que tal vez es muy hermético, como es el de la poesía misma. Ha sido un trabajo muy solitario.

 

Yo siempre he tenido el problema de la sobrevivencia, me casé con un pintor que no tenía plata, teníamos que trabajar; teníamos que ir adelante, no tenía dinero ni fortuna familiar, no la tenía; había nacido cuando ya la familia se había ido al suelo, estaban viviendo muy modestamente con ciertos estilos, que no era lo real.




Foto: EFE Archivo Paco Campos

Entonces sí, yo he tenido antenas muy grandes y mucha suerte de conocer a Cortázar, a Paz, de salir de este grupo maravilloso del Perú, de haber sido tan amiga de Sebastián Salazar Bondy, de Raúl Deustua. Yo era muy jovencita, ingresé a San Marcos cuando tenía 16 años, sabes lo que es eso... Mira qué rebelde era, no pensé en la Católica, no pensé en nada de eso; pensé en San Marcos.

 

En París, motivada por Octavio Paz, una figura determinante en su carrera literaria, se involucra con el círculo de intelectuales latinoamericanos y españoles radicados en Francia. De esta etapa data su amistad con Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaux, Alberto Giacometti, Léger, Tamayo y Carlos Martínez Rivas, entre otros.


Casa de cuervos


 Cuando mi hijo Lorenzo tenía catorce años, pasaba al lado mío y no me veía, como si yo no existiera, como si fuese transparente. No sabes cómo me dolía. Entonces escribí "Casa de cuervos".

 

porque te alimenté con esta realidad mal
cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras del pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío
no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato forzando la oscuridad del día
párpados de miel y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia de tu cuerpo

tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces la
asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen sombras y
tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas posado en la entreabierta ventana
y nuestra para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes.


A mí no me gusta mi poesía...


(...) Te hago una confesión: a mí no me gusta mi poesía, pero es la única que puedo escribir. Es una poesía honesta; no podía haber escrito de otra manera. Si hubiera querido fingir un mundo feliz no hubiera podido hacerlo. Mi apreciación del mundo es el de un mundo difícil, duro, a veces hermoso. A pesar de todo, es gratificante tener conciencia de todo ello. (...) ¿Por qué no me gusta mi poesía? Tal vez porque soy una insatisfecha, creo que es el destino de toda persona que aspira a ser auténtica; eso sí, creo que ser auténtico es buscar siempre algo que uno no alcanza.

 

Yo miento mucho. Pero miento en las cosas pequeñas, es curioso, en las cosas que no tienen importancia, digo mentiras tontas; te dije que el lunes es el cumpleaños de mi madre, pero no es así, es el cumpleaños de una de mis nietas. No sé por qué te dije eso. Quien no miente es la poesía, ¿cierto? Entre mis temas recurrentes están el mar, el tiempo y el color, desde el primer poemario hasta el último. Y algo más, el equilibrio, la forma no es la clásica (...) Tengo la absoluta preocupación de ordenar. No creas que es un orden formal, pero sí de poner las cosas en sus lugares, en los lugares que yo creo que deben de estar; soy arbitraria también.

 

Tengo una gran necesidad de saber dónde están las cosas, no puedo vivir en el caos. ¿Sabes por qué? Tal vez porque mi esencia es caótica, la única manera de alcanzar una dureza, una permanencia dentro de mí es ordenando mi entorno. Tengo una gran capacidad de delirio y de locura, que tienen todos los seres humanos que piensan; sin embargo, yo creo en el orden. Me gusta controlarlo todo y a la vez tengo un gran autocontrol, yo creo que sí.


Yo he sido una mujer muy seductora


Te confieso que recién cuando tengo hijos tengo sentimientos estables y legítimos; compromisos realmente. Antes no, tan era así que podía estar muy enamorada, lo he estado, amar mucho a algo o a alguien, sin embargo todo era digamos no necesariamente efímero, pero no era permanente, era algo que podía pasar. En el caso de los hijos es diferente, los hijos me dieron una gran estabilidad, me colocaron en un lugar en la naturaleza y tal vez en mi mente también.

 

Es probable que la pérdida de mi hijo Lorenzo algo me haya cambiado, no lo sé con exactitud. Es tal el contacto con el escándalo, con el horror de la muerte. ¿Quieres que te diga una cosa? Aunque suene escalofriante, casi no me sorprendió. Eso es terrible, porque es algo que yo esperaba. Creo que hay que esperar esas cosas terribles, ese es el destino en la vida, pero no lo esperaba evidentemente. A la última persona que hubiera esperado que le sucediera era a uno de mis niños.

 

¿Que cómo me autopercibo? Es una pregunta difícil. Creo que mi sensualidad y mi sexualidad controlan mi inteligencia de alguna manera, de veras creo eso. Te diré la verdad, el humor negro, todos esos elementos existen en mí, es parte de mi idiosincrasia, de mi forma de ser, pero creo que no soy en absoluto inteligente cuando escribo poesía. Es una cosa absolutamente de intuición y no sé cómo lo hago, indudablemente es un conocimiento que he adquirido (...) Funciona cuando trato los adjetivos, cuando repito cosas, cuando uso algunos silencios y ciertos elementos. Cuando me releo me doy cuenta de todo esto.



Yo he sido una mujer muy seductora. A veces me miraba en el espejo y me encantaba, ese brillo de la mirada. Hasta que no me gusté más. Cuando era joven e iba a las fiestas, me fijaba en el hombre más guapo de la reunión, y ¿puedes creerlo? enseguida estaba al lado mío y me invitaba a bailar. Pero siempre resultaban tan aburridos...

 

No me gustan las mujeres pero tampoco me gustan los hombres (...) Odio a los hombres con las uñas arregladas, me horroriza la idea de que una mano así me toque. Es extraño, pero cuando era joven y vivía en París, me gustó un hombre pequeño, feo, con una pelusa en la cabeza y gotas de sudor sobre el labio. Yo no podía creerlo, qué me está pasando, pero me gustaba, tenía algo.

 

(...) Mis mejores amigas son mujeres que no tienen que ver con la literatura. Hay pocas, pero viejas amigas, otras mucho más jóvenes que yo; me resulta más fácil.

 

Yo no digo lisuras, pero ahora me gustaría decir: Carajo. ¿Ustedes dicen carajo? Quiero irme al quinto coño. No quiero despedirme de nadie, odio las despedidas.

 


Muestra poética de Blanca Varela

 

la muerte se escribe sola

una raya negra es una raya blanca

el sol es un agujero en el cielo

la plenitud del ojo

fatigado cabrío

aprender a ver en el doblez

entresaca espulga trilla

estrella casa algamadre madera mar

se escriben solos

en el hollín de la almohada

trozo de pan en el zaguán

abre la puerta

baja la escalera

el corazón se deshoja

la pobre niña sigue encerrada

en la torre de granizo

el oro el violeta el azul

enrejados

no se borran

no se borran

no se borran.

 

Strip tease

 

quítate el sombrero
si lo tienes
quítate el pelo
que te abandona
quítate la piel
las tripas los ojos
y ponte un alma
si la encuentras.

 

Destiempo

 

Se fue el día,
las escamas del sueño giran.
Todo desciende,
la noche es el tedio.
En el desierto, a oscuras,
temerosa del amor
la ostra llora a solas.
Caen las lívidas hojas de tu frente,
Te alejas, negra burbuja sin destino.
Se abren súbitamente mil calles,
arrecifes en llamas
retienen tu cuerpo helado como una lágrima,
nada te hiere,
el coral clava su garra en tu sombra,
tu sangre se desliza, inunda praderas,
salta de las ventanas como un rojo sonido
y todo esto no es sino el otoño.

 

Juego amoroso

 

 Las manos a la altura del aire
a dos o tres centímetros del vacío
no se mirará nada preciso
la polvareda que pasa
el inesperado cortejo de plumas
arrancadas al vuelo
la nubecilla rosada y tonta
que ya no es
el cierraojos y el ábrelos
en la breve opacidad
de una luz que no se ve
y el sueño pies de goma
y azules y brillantes
las estrellas rientes
párpado sobre párpado
labio contra labio
piel demorada sobre otra
llagada y reluciente
hogueras
eso haremos a solas.


Tomás Eloy Martínez: Hay 10 años de mi vida que se han ido para siempre



Tomás Eloy Martínez. Foto: Bernardo Pérez

 

 

Soledad Gallego-Díaz entrevista al escritor argentino Tomás Eloy Martínez

 

"Del exilio nadie regresa", escribe el narrador de Purgatorio. El autor argentino trata de recobrar con la novela, mediante la escritura y la imaginación, lo que el destierro le ha quitado.

 

El purgatorio, según la doctrina de la Iglesia católica, es el proceso de purificación necesario antes de entrar en el reino de los cielos y pasa por el dolor de no disfrutar de la presencia de Dios, la ausencia, la pérdida del bien extraordinario que es la contemplación del amor y del ser querido. Purgatorio es, en ese sentido, el mejor título posible para la última novela del escritor argentino Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934): la historia de una pérdida y de un exilio. Su personaje, Emilia Dupuy, busca durante treinta años a su marido detenido por los militares argentinos y desaparecido. Un día le encuentra en un pub de Estados Unidos: el tiempo no ha pasado por él. "Cuando volvés al hogar del que te fuiste, pensás que cerraste el círculo pero te das cuenta de que tu viaje fue sólo de ida. Del exilio nadie regresa", escribe el narrador de la historia. Pero Emilia no lo cree.

 

PREGUNTA. Su novela es una historia terrible de pérdida.

 

RESPUESTA. He pensado mucho en el dolor de la gente que perdió a alguien, pero, sobre todo, en el dolor mayúsculo que significa no ver a ese alguien muerto. La verificación de la muerte es, al menos, una forma de consuelo. El limbo o el purgatorio de no saber qué se ha hecho del ser amado, dónde está, si está muerto, o si está preguntando por ti en otro sitio, es desesperante. De hecho, ya se habla de ello en la tragedia griega, cuando Antígona no puede enterrar a su hermano.

 

P. Durante la época de la dictadura militar desaparecieron cerca de treinta mil argentinos. Ese sentimiento de pérdida, que es tan abrumador en la novela, ¿forma ya parte de cualquier argentino de su generación?

 

R. En mi caso, yo fui expulsado de mi país poco antes de la dictadura. El motor por el que quise escribir este libro es, precisamente, la interrupción de una vida por el exilio. Hay 10 años de mi vida que se han ido para siempre y que son irrecuperables. Pensé en recuperarlos a través de la escritura. El despojamiento de los afectos es terrible. Por algo ya los griegos pensaban en el exilio como un castigo equivalente a la muerte. Te arrancan de tus afectos, de tus hijos, de tu vida profesional. Te fuerzan a ser otro. Y en esa "otredad" te pierdes.




Purgatorio. Tomás Eloy Martínez. Alfaguara. Madrid, 2009. 296 páginas. 18,50 euros.

P. Llama la atención que sus dos personajes, Emilia y Simón, sean, precisamente, cartógrafos.

R. No sé bien por qué, pero desde hace un tiempo me preocupa la idea del mapa y de la similitud del mapa y la novela. La escritura de la novela y la realización de los mapas son, ambas, invenciones de la realidad, imaginaciones. Al principio, los seres humanos, cuando no sabían qué tierra estaban pisando, se imaginaban el mundo y le ponían nombres a su arbitrio.

 

P. Pero al mismo tiempo los mapas existen para que no perderse, para que no desaparezcas.

R. Exactamente

 

P. El personaje de Emilia está perdido, pero encuentra a Simón a través de la formidable intensidad de su amor. ¿Es el amor el único sentimiento capaz de desarrollar tanta fuerza?

R. Sobre todo es la ansiedad de recuperar el amor que no viviste, que te convirtió en otro ser. Como digo, el impulso inicial que me movió a escribir este libro fue tratar de recuperar, mediante la escritura y la imaginación, lo que el exilio me ha quitado. La escritura y la imaginación tienen un poder mayúsculo, un poder que traté de medir a través de la escritura de esta novela. La idea original era narrar la vida cotidiana de los argentinos, no los campos de concentración, no los tormentos, no las muertes horrendas, sino la grisura de la vida cotidiana. Sobre todo, algo que me perturbaba estando afuera muchísimo, ¿cómo no se reacciona, cómo se mira para otro lado? Las dictaduras no son posibles sin una complicidad colectiva; una cierta forma de resignación o de complicidad colectiva. La fuente de esa complicidad, creo, es la ignorancia. El gran recurso de los autoritarismos es obligarte a ignorar, a que sólo sepas lo que ellos quieren que sepas.

 

P. Lo primero que han hecho las autoridades israelíes antes de invadir Gaza ha sido impedir la presencia de periodistas.

R. Sí. Y otra cosa importante. Aquí, si denunciabas lo que veías, el régimen te tildaba inmediatamente de "antiargentino" y como tal te condenaba. Ahora, si tú publicas fuera de Israel algo sobre lo que sucede en Israel, pueden muy bien llamarte antisemita. Cuando Israel levantó el muro, que a mí me parecía que era contrario a toda la tradición de la persecución judía, publiqué un artículo en La Nación, diciendo que era una barbaridad, una forma lenta de muerte, y no sabes la cantidad de voces que se alzaron aquí para acusarme de antisemita.

 

P. Un personaje que me resulta interesante es el de Dupuy, el padre de Emilia. No es un hombre que esté loco, sino que, básicamente, es un sinvergüenza.

R. Así es. Un canalla. Tiene un ideal de extrema derecha, militar, la idea de construir un país sobre "Dios, Patria y Hogar", la espada y la Iglesia, la unión de las armas con la fe y todo eso, mezclado junto con la corrupción, que afecta a los presuntamente incorruptibles y que resulta avasalladora. Es también el tema de otra novela mía, El vuelo de la reina. En ese caso es un periodista incorruptible, que, en su empeño por luchar contra la corrupción, se corrompe.

 

P. ¿Es tan fácil corromperse?

R. Si no tienes una estructura moral muy sólida y no te repugna la corrupción por principio o por vergüenza, entonces sí, supongo que la corrupción es una tentación muy importante. Asume formas a veces imprevisibles. Aquí se ven infinitas formas de corrupción. Incluso puedes convertirte en un corrupto sin tener conciencia de que lo eres. La corrupción no es sólo corrupción del dinero. La corrupción en el periodismo, por ejemplo, es la coquetería del poder, hacerte creer que puedes derrumbar a un ministro o tener alguna influencia mayor.

 

P. Un episodio curioso en la novela es el momento en que Dupuy padre visita a Orson Welles para proponerle que haga un documental sobre los mundiales de fútbol. Yo llegué a creer que era una historia posible.

R. Así se crean los personajes. Yo conocí a Orson Welles tal como lo conoce Dupuy, en la última corrida de Antonio Bienvenida, en Toledo. Yo era un periodista y él estaba implicadísimo en la ceremonia de apartar los toros, opinando como si fuera un experto. Me contuve y no le pregunté sobre el Quijote, que había dejado a medio hacer. Yo admiro mucho a Welles, para mí es éticamente muy valioso. Me pareció que si el episodio no tenía verosimilitud no podía tener fuerza y me puse a estudiar a Welles, así que cuando Dupuy le visita yo sabía dónde estaba, qué hacía. Descubrí que en esa época Orson Welles prestó su voz para una película que se llama Genocidio, y me pareció interesante devolverle el homenaje.

 

P. Con relación al personaje de Emilia, a veces resulta desesperante cuánto tiempo tarda en darse cuenta de lo que le ha pasado a su marido, pese a que hay muchas personas que se lo dicen.

R. Ella lo explica en un momento dado: "Si Simón ha muerto, entonces mi padre es un asesino y mi madre, una cómplice". Y sobre la muerte de su marido, que ya sería suficiente lastre para ella, pues la esperanza la mantiene viva, tendría que sumar la culpa de esos antepasados espantosos. Emilia es un reflejo, o una metáfora, aunque la palabra me parece un poco presuntuosa, de la sociedad argentina, en general, a la que le están ocurriendo las cosas delante de sus ojos y no las ve. Prefiere esperar a que ocurran milagros. Pero Emilia no espera pasivamente, porque de todos modos busca.

 

P. La historia de amor, que es tan importante en la novela, ¿sería posible pensarla igual si la desaparecida fuera ella y Simón quien la busca?

R. Creo que el género masculino no tiene, en general, la misma fuerza pasional y la misma tenacidad que tienen las mujeres. Por algo son Las madres de Plaza de Mayo y no Los padres de Plaza de Mayo. Aunque los maridos acompañen el símbolo de la búsqueda y de la espera, son las mujeres las que pusieron el pecho a la dictadura.

 

P. Su novela tiene muchas lecturas posibles: es una historia de amor, pero también una novela política, pero también una novela metafísica... Es una novela sin miedo.

R. Sin miedo a las consecuencias. Caminar sobre una cuerda floja sin caerte. En estos temas uno piensa cuál es el límite y hasta dónde puedo avanzar, y cuanto más libre te sientes, más seguro te sientes y mejor avanzas. De todos mis libros es el que he escrito más rápido, dejándome llevar.

 

P. ¿Usted cree que algo que ha existido alguna vez existe siempre?

R. Un ser que existió persiste a través de la memoria. Por eso el libro insiste en que la identidad de cada uno de nosotros está en los recuerdos. No sólo en los recuerdos que tienes sino en los recuerdos que dejas. Por eso el cielo y el infierno son tus buenas y tus malas acciones, aquello que dejaste y eso que queda en la memoria de los otros.

 

De Babelia, Suplemento literario de El País. Enero. 2009




Armando Robles Godoy



Armando Robles Godoy

 

“Quiero descubrir el placer de morir”

 

A propósito de la reciente reedición de su novela Veinte casas en el cielo, Armando Robles Godoy habla sobre los temas que le fascinan: la sexualidad, la literatura, el cine y la muerte inexorable. A sus 85 años, Robles sigue lanzando ideas y frases provocadoras.

 

Por: Raúl Mendoza

 

Armando Robles Godoy vive en un departamento de Miraflores con su esposa Ada y su hija Delba. Cuenta que en una colección de historia sobre personajes peruanos –que él guarda en su biblioteca– lo definen como "el cineasta peruano con más premios literarios, y el escritor con más premios de cinematografía". A sus muchos años todavía camina erguido, habla con voz fuerte y clara, y sigue tan lúcido como siempre. Tiene tres obras literarias concluidas y espera verlas publicadas antes de que la película de su vida llegue a su fin.

 

–A los 85 años, ¿cómo se siente?

 

–Mi espíritu sigue tan joven como siempre. Pero ya soy un adulto mayor, aunque no me siento en absoluto así. Al contrario. Soy atleta, practiqué básquetbol y natación, y como además no tengo ningún vicio, me siento físicamente sano.

 

–¿Qué es lo que está haciendo ahora?

 

–Desde hace tres años estoy casi íntegramente dedicado a la literatura, a todos sus géneros, sin dejar la enseñanza de la cinematografía. Dicto talleres. Y como es una enseñanza poco activa trato de caminar lo más posible y a veces hasta corro un poco.

 

–Usted afirma que el ser humano es polígamo por naturaleza. ¿Cómo conjuga eso con más de 50 años de casado?

 

–Según el diccionario, ‘monógamo’ es quien solo tiene una esposa. Así que éticamente soy monogamísimo porque no he tenido más que una esposa. Ahora la otra cuestión, la de la naturaleza, esa va por su cuenta.

 

–No quiere responder sobre eso.

 

–Como tú o como cualquier ser humano, soy polígamo por naturaleza. El que ceda o no a esa naturaleza, ya es otro tema.

 

–También dice que los humanos somos los únicos animales eróticos.

 

–El hombre tiene una característica que no tienen las demás especies, y es la creatividad. Esa capacidad en relación con el sexo convierte la sexualidad, que es la máxima fuente de placer del ser humano, en un arte. Ese arte es el erotismo. Ahora, el problema es que muchas veces se asocia el erotismo con el amor.

 

–Y no están asociados.

 

–No tiene nada que ver. No necesariamente van juntos. Tú puedes tener la mejor experiencia sexual de tu vida con una enemiga de mierda a la que después inclusive la matas. O te mata (risas).

 

–Siempre se ha hablado de la pacatería limeña. ¿Somos unos reprimidos?

 

–No creo que seamos reprimidos. Somos hipócritas, pero no reprimidos. No hacemos mucha bulla y cerramos la puerta para que no se oigan los gritos orgásmicos.

 

–Pero sí somos un poco moralistas.

 

–La moral inventa el pecado ¿Pero qué cosa es el pecado? Es ir contra la naturaleza. Y en el tema sexual no se dan cuenta de que lo natural es la poligamia. Para no ir contra la naturaleza se debería uno tirar a quien sea. Pero la moral ha convertido en legítima la monogamia, con la cónyuge, para toda la vida.

 




Armando Robles Godoy con su hija Marcela, también escritora.

–Usted nunca ha tenido problemas con lo que dice, no les tiene miedo a las palabras.

 

–Es que eso sí me parece una cojudez. Las palabras se han inventado para decirlas, no para guardarlas. Decir ‘vete a la eme’ en vez de ‘vete a la mierda’. O decir ‘caracho’, en vez de carajo. La riqueza del vocabulario es también la riqueza del pensamiento.

 

–¿Siempre fue tan franco?

 

–No fue una actitud muy precoz, felizmente. Porque yo nací y viví los primeros años en una dimensión social donde había más pacatería que ahora. Ahora el idioma se ha soltado. El otro día estaba conversando con Marco Aurelio Denegri sobre quién fue la primera persona que soltó un ‘carajo’ o ‘mierda’ por televisión. Y creo que he sido yo. En las conferencias tampoco tengo problemas.

 

LA LITARATURA , EL CINE

 

–Acaban de reeditar su libro Veinte casas en el cielo

 

–Después de 50 años. Mi hija Marcela me dijo ‘qué te parece si buscamos una segunda edición, porque todos los que han leído la primera edición ya han muerto’. Lo que atrajo a la editorial Mesa Redonda era que el libro tenía dos características: una era los 50 años entre la primera edición y la segunda, y dos, el hecho de que el autor estaba vivo todavía. Así nació esta segunda edición, corregida.

 

–Existen editoriales jóvenes, como la que editó su libro. ¿Por qué a pesar de ese esfuerzo se sigue leyendo poco en el Perú?

 

–No sé por qué se lee poco. Pero lo que se debería hacer es poner el libro al alcance de la gente como lo hizo en su momento Manuel Scorza con los Populibros. Si la gente puede comprar un libro, lo hace. Pero si el libro cuesta 40 a 50 soles, la culpa es del gobierno.

 

–El nivel cultural del país está por los suelos.

 

–Bueno, creo que entre la cultura y la incultura hay la misma brecha que entre la riqueza y la pobreza en el Perú. El Perú debe estar en los primeros lugares entre los países en que la separación es tan amplia.

 

–¿Tan mal ve al Perú? Dicen que estamos creciendo...

 

–Soy un enamorado del país, amo al país como abstracción, como entidad viva, lo que me jode son los peruanos (risas).

 

–¿Qué piensa de nuestro presidente?

 

–Si me refiero a un campo que conozco, que es el de la cultura, Alan García, a quien he tratado, es una persona cultivada. Creo que debió estar más abierto a la dimensión cultural, pero no la ha desarrollado.

 

–Su última película Imposible amor no ha podido estrenarse.

 

–Porque a los exhibidores no les dio la gana. Hay una ley de cine vigente, promulgada, pero fue mal reglamentada. No hay el fomento real que se buscaba tratándose de un lenguaje que es el lenguaje por excelencia hoy día, porque la lectura ya no lo es.

 

–¿Qué pasó con la película?

 

–La terminé, la exhibí en reuniones, en algún cine club. Pero no se exhibió en cines (comerciales) porque la ley está sometida a la libertad de comercio. El poder económico del cine norteamericano es grande. Es un monopolio de facto en el cual las grandes empresas productoras son también las grandes empresas distribuidoras.

 




En los años 50, en la selva peruana, con su esposa Ada, sus hijas y unos amigos.


LA MUERTE

 

–Usted no se ríe de la muerte, pero no le tiene miedo.

 

–Ese es otro tema que me tiene ocupado. Para mí el último lustro de mi vida apunta a llegar bien a esa meta. Morir como una meta y no como un fin desagradable. Quisiera reunir a un grupo de personas con las mismas ideas, porque todo lo que se consigue en la vida se logra mejor si se hace partícipe a alguien más. Que no sea una cosa masturbatoria sino orgiástica. O sea eso es lo que estoy buscando ahora: la mejor forma de morirme. No morirme porque se me acabó la vida, sino porque lo decidí.

 

–Morir de qué manera. ¿Cree en la eutanasia, en el suicidio?

 

–Eutanasia es una manera de aliviar una enfermedad, eso es morirse dolorosamente. Yo quiero morirme sano, quiero descubrir el placer de morir. Con respecto al suicidio, la palabra está muy satanizada. Pero tiene una cosa muy llamativa: es la única cosa que el ser humano puede hacer y no puede hacer Dios.

 

–Ud. no le rehúye a la idea del suicidio.

 

–El suicidio en el sentido de poner fin a tu vida, no. Pero hay muy pocas palabras con un sentido tan negativo como esa.

 

–¿Siente que el final está cerca?

 

–Bueno, confío en que puedo vivir unos cinco años más. Tengo tres obras literarias terminadas: una obra de teatro, un libro de cuentos y otra novela. Creo que no me alcanzaría el tiempo para tratar de hacer una película. A lo mejor consigo el financiamiento, que es lo que más demora, y, antes de empezar, me voy al otro lado.

 




Lúcido, locuaz y productivo a los 85 años.

CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 

El libro "Veinte casas en el cielo" fue publicado por primera vez en 1958 en la colección Populibros, que dirigía el escritor y poeta Manuel Scorza. Era la primera novela de Armando Robles Godoy. "Yo tenía la novela escrita y guardada en un cajón. Por entonces también vivía en Miraflores. Y dio la casualidad de que Manuel era mi vecino. Entonces un día entró y me preguntó si tenía una novela terminada. Yo le dije que sí y se la llevó. Una semana después volvió para firmar el contrato". Por entonces la colección Populibros vendía cinco novelas por 10 soles de la época. "No era muy caro. La primera colección ya había salido y mi novela apareció en la segunda colección. Se vendió muy bien, los tirajes eran importantes entonces". Desde entonces pasaron 50 años para que la segunda edición viera la luz.

 

La República. Domingo. 7 de Septiembre 2008.

 




Fiesta latina en Alemania



 

Hannópoli

César Rosales-Miranda

Editorial Mare Nostrum. Santiago de Chile. 2008

300  páginas.

 

En la reciente novela “Hannópoli”, el autor peruano César Rosales-Miranda, residente en Alemania, refleja el drama que viven los inmigrantes latinoamericanos en su lucha por insertarse en el gélido ambiente de Europa del norte, el cual es sufrido por Miguel Solares, un estudiante latinoamericano residente en la ciudad alemana de Hannover.

  

En esta fría ciudad germana, la discoteca y bar “Hannópoli” invita a los latinos y algunos alemanes a disfrutar la música, el baile y la bohemia, en un ambiente lleno de nostalgias de su ancestro latino. En la caótica fauna que puebla su pista se congregan estudiantes, bailadores de salsa, intelectuales, pintores, escritores y libertinas, en busca de una atmósfera exotica, muy latinoamericana, que solo se puede encontrar allí.

 

 Despues de iniciar sus estudios universitarios, Miguel frecuenta el “Hannópoli” para sofocar su soledad y disfrutar tertulias con personajes muy peculiars que se convierten en sus más cercanos camaradas de juerga, como Armando, Elías, Jens, María Cristina (“Chichí”) y Stefan, este último, a través de su columna editorial, hace una crítica sarcástica de la sociedad germana.

 

 En esa noctámbula farándula, Miguel conoce a su novia polaca, la bella Úrsula, con quien entabla un apasionado romance. Pero el peso de la muerte de su padre, el derrotismo y la lejanía deprimen a Miguel, haciéndolo perder los estudios y retrasar su tesis de grado. Embriagado por ese compass de vida y la multiculturalidad, se envuelve inconscientemente en un vínculo erótico con Marzena, la hermana gemela de Ùrsula. A pesar de su fracaso universitario, Miguel vive su exilio intensamente, acepta la conducción del programa radial “Onda Hispanoamericana”, multiplica sus amistades y afectos hacia las personas de su entorno bohemio y se aferra desesperadamente en su amor a Ùrsula. Súbitamente sus compañeros de cátedra terminan sus estudios y el Estado cierra la facultad por un escándalo de corrupción. Miguel se ve impedido de sustentar su tesis y lo desgarra la ruptura con Ùrsula, quien regresa a Polonia junto con su hermana gemela Marzena.