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La vida a palos de doña Juana Mendoza


  

 

 

1.

Hecha polvo volaré entre los remolinos

 

 

No sé para qué ha de servir que les cuente la historia de mi vida. No soy reina ni princesa, ni heroina ni nada por el estilo. ¿A quién diablos va a interesarle las lunas y los soles que han alumbrado mi trajineo de todos estos años? ¿Qué le puedo enseñar a la gente si no conozco ni una letra? La pobreza me ha hecho crecer en las sombras de la ignorancia. Me ha envejecido llena de oscurana. Sin embargo he parido un hijo que le ha encontrado gustito a las letras. Ha resultado poeta. Es una de esas personas que escriben pensando que van a cambiar la vida o arreglar el mundo a punta de libros y versos. A otro de mis hijos se le dio por los números. Pregona que los pobres a la izquierda valen más que el cero. Los demás, sin ser brujos ni redentores, andan explicando que es posible cambiar el destino de la gente pobre. Que es bueno sembrar aunque sea un poquito de esperanzas. Mis hijas aprendieron a leer lo necesario. Con esa luz, de una u otra laya, alumbran el porvenir de sus hijos. Esto es lo más valioso que tengo en la vida: mis hijos y mis hijas. Además tengo sueños, muchísimos sueños. Antes que lo olvide, soy dueña también de pequeñas y grandes locuras. Sin todo esto..., me pregunto muchas veces: ¿cómo podríamos vivir en este mundo tan degenerado? Quizás la locura es lo único cuerdo que hay en esta vida. Es el puñadito de sal que nos da y nos quita el gustito de vivir...

 

Bueno, como siempre, ya me estaba yendo por las ramas. La verdad es que, y eso lo veo en sus ojos, están pensando que estoy muy vieja. Que tengo los días contados. Que ya no he de durar mucho. Es verdad, la vejez ya se ha metido en todo mi cuerpo. Sus achaques llegan, me atacan, sobre todo me golpean la barriga. Hinchan los nudos de mis dedos. Inflaman las coyunturas de mis rodillas y mis tobillos. Pero la cabeza se mantiene viva, fresca. Eso es lo más importante, así me ha dicho mi hijo Melacio, el poeta. Y pienso, pienso en la vida. En este nuestro pobre país, en los destinos del mundo, y en Alemania, en donde viven ustedes... Sí, pienso en Alemania porque allá vive también mi Melacio con su esposa Annette y mis dos nietos: Simón y Johanna. Ellos, que nos visitan de tiempo en tiempo, seguramente conversarán en las noches, antes de dormirse: «Doña Juana...» Sí. «¿No crees tú también?...» Qué... «No sé cómo decírtelo..., a lo mejor, la próxima vez que viajemos al Perú ya no la encontramos revoloteando bajo el verdor de los algarrobales. Entre los arenales incendiados por ese sol del demonio.» Quién sabe pues, quizás ya no me hallarán. No verán más a estos mis andariegos pies que no se gastan, como los zapatos, ni se cansan de caminar. A lo mejor ya no encontrarán mis manos atizando el fogón o tirando puñados de maíz a las gallinas. Sus ojos no podrán ver más las alegrías ni las tristezas de estos mis ojos que los gusanos lo han de comer. Mi boca no estará dándoles los buenos días, ni las buenas noches. Y es que los muertos no hablan, simplemente están muertos. Mi cuerpo hecho tierra, polvo de los caminos, estará volando en medio de los remolinos. Lo único que les quedará de mí, como consuelo, será mi voz encerrada en esas cajitas. Colocándolo en el radiocasetero podrán escucharlo hasta el cansancio, pero yo ya no estaré. Ni rastro habrá de mí en este mundo. Llegará un día que cuando alguien pregunte por doña Juana Mendoza, la mamá de los Castro, del poeta, nadie le podrá decir quien fui. No habrá ni un alma que se acuerde de mí. Ni siquiera de mi nombre. Los nuevos vecinos, alzando los hombros, negando con la cabeza, dirán que nunca lo han escuchado. ¿Juana Mendoza? No, esa señora no vive por acá, contestarán.

 

Nací en un sitio llamado Pueblo Nuevo, en una chocita de las serranías de Cajamarca. Por eso los costeños me dicen con desprecio: «Serrana come papa con gusano» o «chola piojosa.» El día que asustada abría mis ojos a la vida, en Pueblo Nuevo todo andaba revuelto. La gente celebraba la fiesta de San Juan. No había nada en paz ni en silencio. Sólo alboroto, griterío. Música, baile y aguardiente, o sea, borrachera, gente borracha, bailando y cantando. El viento flotaba sobre las pajas. Fuiiii, fuiiii, fuiiii, silbaba envolviendo los montes. La luna, que no había dormido toda la noche, agarraba a las nubes de pañuelo y bailaba en una esquina del cielo. «Vengan todos a la fiesta / vengan todos a bailar...» cantaba la gente. El agua del río: ploc, ploc, ploc, tumba que tumba, reventaba entre las piedras, por entre las cañadas. Los cerros, azuleando en las alturas: «te-pongo, te-pongo, te-pongo», repetían la voz de las cajas. La metálica risa de los rondines salpicaba en la verdosa larguedad de los valles. En las anochecidas hondonadas. En las enconadas laderas. «¡Qué buena está la fiesta / la fiesta de san Juan!...» cantaban incansables los paisanos. Entre tanto alborotapueblo, la maldad, gritando: ¡guija! ¡guija!, se arrumaba a cualquier sombra que encontraba en las quebradas oscuras. Hombres y mujeres, estrenando ponchos, chales y sombreros, zapateaban huaynos y copa-copa apuraban la candela del aguardiente. Las flautas preguntaban: «¿qué-comeremos-mañana?, ¿qué-comeremos-mañana?», y las cajas respondían: «¡mondongo-mondongo-mondongo!» Un loquerío de voces cantando: «Vengan todos a la fiesta de San Juan / vengan todos a bailar / ¡qué buena está la fiesta / la fiesta de San Juan.» El bombo y el redoblante conversa y conversa sin parar. Uno decía: «de-bajada, de-bajada, de-bajada», y el otro repetía: «te-pongo, te-pongo, te-pongo.» El pueblo estaba de fiesta, era fiesta pues, la fiesta de San Juan.

 

Mi mamá, quejándose por los dolores que le anunciaban el arribo de una nueva criatura, abandonó el baile. Se fue a parir en un rincón de la cocina. Aunque a decir verdad, no recuerdo el día ni la hora en que vi al sol alumbrando a la tierra. Ahuyentando a los malos espíritus. Se nace con ojos que no saben lo que ven. Nacemos sin pensamiento. Sin conciencia. Desnuda, con el cuerpecito pegajoso, acurrucándome en el seno de mi mamá, lloraba presintiendo la fealdad de las sombras. Ahí fue que ella acercando su boca a mi oído, me dijo: «Si recién llegas a estas tierras y lloras con tanta ternura, te da tanta pena, ¿cómo será tu vida? ¿Un montón de desgracias, puro sufrimiento?» Así habló mi mamá. Quizás ella, que parió tantos hijos, sabía leer en nuestro llanto, el destino, la vida que nos estaba entregando.

 

Mi tayta, rascándole lo poquito de malo que tenía, fue un hombre bueno y se llamó Hipólito Mendoza Hernández. Conoció a mi mamá, doña Rosa Novoa Mondragón, y en menos de lo que canta un gallo, se antojaron... y, entre antojo y antojo, trajeron siete hijos a este mundo. Nosotros hemos sido como decía mi mamá sus siete penas y sus siete alegrías. Pero quién sabe ¿cuántos dolores y malagradecimientos le habremos dado? El único hermano varón se llamaba Artemio, y mis cinco hermanas, fueron: Rosaura, Rogelia, Fidencia, Isaura, y, la menor de todas, mi Julia. A mi hermana Julia dizque la esperaban para el mes de julio, pero en señal de capricho, ella se tardó un poco y nació en agosto. «De raza le viene el capricho», decía mi mamá. Mi tayta, que también tenía su geniecito, salió, desde luego, con su gusto al no llamarla Agusta o Agustina. Había dicho: «Nazca o no en julio, se llamará Julio o Julia.»

 

Recuerdo que en Pueblo Nuevo la gente vivía muy mal, mucho peor que en Caín. ¡Uy!, la miseria en que vivía era como para llorar, claro, yo en ese tiempo era chica y no sabía reconocer las cosas y tampoco tenía tiempo para llorar por la miseria de otros. Conforme fui creciendo, me di cuenta de que no todos somos iguales. Unos no tienen ni donde caerse muertos, mientras otros, los menos, hasta les sobra la riqueza como para intentar comprar a la muerte o un sitiecito al lado de Dios. Ahora, con toda la vejez y la experiencia, las palabras no me alcanzan para contarles todos los sufrimientos de la gente que vivía en aquel tiempo en Pueblo Nuevo. No sé si basta con decirles que la gente era muy pobre, tan pobre como esa gente que anda limosneando por el mercado de Chepén, por las calles de Chiclayo. Por suerte ellos encontraban un sitio donde laborar aunque tenían que pasarse trabajando todito el santo día.

 

No sé..., a veces me da por creer que cuando se nace pobre ni el trabajo de sol a sol ni el rezo nos salva de esta maldición. Sí el trabajo es una bendición; ¿qué es la pobreza?, segurito que es una maldición. Eso es y así lo digo siempre: la pobreza es una maldición sin remedio. De nada nos sirve trabajar como bestias de carga, ni levantar los ojos al cielo nos ayuda a ahuyentar las maldiciones de la necesidad. Les digo con plena seguridad de que la pobreza es obra de quienes viven bien, de quienes con su dinero manejan el andar del mundo; porque Dios, o quien diablo sea el creador de las cosas y la vida, por más mala sangre que tenga, no haría sufrir tanto a sus criaturas. Allá en Pueblo Nuevo la gente trabajaba sin importarle nada, si soleaba o si llovía; agachaditos, soplando la lluvia para que se vaya pronto, laboraban sin descanso. Es que los viejos decían: «Para que la lluvia se vaya, hay que soplarla.» A los pobres sólo le quedan dos caminos: morirse de hambre o morir pensando que mañana, para sus hijos, todo será mejor. Cuando un pobre no trabaja ¿de dónde saca algo para comer aunque sea por última vez? Hay gente que pierde las esperanzas, y con razón, entonces ya no hay nada que la detenga... Eso lo estamos viendo, la guerra que estamos sufriendo no es castigo divino, como muchos quieren decir, no es ninguna maldición que de pronto ha caído del cielo, es producto de la pobreza. El cuerpo ya no aguanta más, es la forma de responder a tanta locura, a tanta injusticia, a esa justicia de los que todo tienen...

 

Mis taytas eran dueños de una regular extensión de terrenos. Sus tierras producían buenas y abundantes cosechas. Lindo espigaban el trigo y la cebada. Rubio-rubio florecían las mazorcas de maíz. Hermosas y grandes papas ojonas... Las tierras. ¡Qué tierras! ¡Uf!, mis pies llegaban cansados hasta la última punta de las propiedades que tenían mis taytas. ¿Cuánta tierra pues habrán tenido? ¡Ucha!, bueno, harto, hartote, suficiente como para poder vivir, digamos, bien, holgados, aunque sin lujos. De todo eso ¿qué nos queda ahora? Nada, o casi nada. ¿Y a mí, qué me queda de toda esa riqueza? Ni siquiera una pizca de tierra bajo las uñas. Nada, sólo tengo recuerdos, recuerdos que para mis nietos sólo serán historias, historias que no encontrarán en ningún libro. El ganado que dejaron mis taytas, lo mismo que los terrenos, desaparecieron con el tiempo, con la noche, de pronto amaneció y ya no teníamos nada.

 

Quiero decirles que en aquel tiempo era pequeña, de ahí que no podría decir cuan extensas eran las propiedades de mis taytas. Después, más tarde, me porté como una muchacha zonza que no supo o no pudo defender la herencia que mis taytas con su muerte nos dejaron. Unos cuantos vivos, por uno u otro motivo, fueron recortando, esquilmando, el mundo que con tanto esfuerzo habían construido mis pobres viejitos. Los terrenos, que en aquel tiempo tuvimos, eran, para decir algo, tan extensos como las propiedades que tiene el señor Barboza. Y este señor no es un hacendado, tiene lo suficiente para vivir cómodamente. Cuando mi tayta se unió a mi mamá dizque ya tenía unas cuantas cabezas de ganado y un buen pedazo de tierra, aunque más grande que El Palto, ese terreno que tenemos aquí en Caín y que mide más o menos seis hectáreas. En esos tiempos las tierras no se medían por hectáreas ni por metros cuadrados, sino por fanegadas. Los metros cuadrados y las hectáreas, como ahora dicen, no se conocían. Ahora escucho hablar de metros cuadrados y de hectáreas a los muchachos que vienen de la escuela, como si hablaran de trompos y rayuelas.

 

Nosotros, que no fuimos a la escuela, no, no hemos conocido eso. En cambio mi Melacio, el poeta, que ahora vive en Alemania, decía: «Mamá, mira bien, los hacendados han ocupado todas las tierras que en otros tiempos pertenecieron a nuestros mayores. ¿Acaso ellos compraron los terrenos? No, mamá, no. Ellos vinieron y, diciendo: ‘esto me pertenece’, pusieron cerco aquí, más acá y más allá. A los hombres que reclamaban los llamaban indios brutos y haraganes, los amontonaban en las cárceles o les metían un par de balazos. Y ahí quedaba, qué vida ni vida, ni cristiano ni ocho cuartos. ¿Cómo vamos a morir si no existimos? ‘Los indios no tienen valor’, así dicen. Es triste ¿no?, pero así nos tratan. Dizque no tenemos alma y por eso vivimos como animalitos, criando piojos en la cabeza. ¿Justicia? Para qué hablar de justicia. La justicia se banquetea en la mesa de los ricos, de los poderosos, de los que se hacen elegir alcaldes, diputados o presidentes. Sus haciendas, mamá, por donde las miremos, vienen a toparse con las hilachas de nuestra pobreza.»

 

Yo, con mis torpes conocimientos, le decía: «Estudia hijito, estudia y trabaja. Sólo hazme ese favor. Trabaja y estudia para que los límites de las haciendas cambien y a las hilachas las lleve el viento o el demonio. Estudia y trabaja hijo, para que el Perú sea otra cosa.» Pero resulta que al que estudia y voltea sus ojos al pobrerío, no lo dejan en paz, lo persiguen sin descanso, no paran hasta matarle, matarle su propia sombra, su saber. A mi Melacio, el poeta, porque hablaba con la gente sobre la injusticia de las leyes, sobre los abusos de los hacendados y de los capataces, empezaron a fastidiarlo, no lo dejaban en paz, policía aquí, policía allá. Lo persiguieron y las veces que lograron prenderlo, lo metieron a la cárcel. Al final, no lo mataron, suerte ha tenido este mi muchacho, pero consiguieron ausentarlo, se tuvo que ir de mi lado. Y es que el saber, como en la frente del Carbunclo, ese animal fantasma, es la luz que alumbra y agita la conciencia, despierta la memoria, sacude el polvo de la oscurana, abre las puertas del nuevo día, de un amanecer, que aunque lejano, llegará, llegará... Nadie podrá evitarlo por más que patalee o le dé el patatuz. Y es que la historia no se acaba, no tiene fin, sólo da vueltas...

 

El Carbunclo es una aparición, como un duende, más veloz que el viento. Los que lo han visto y retenido entre sus manos una nada refieren que es un animal fantasma con el pelaje espeso, negro-negro como un choloque, y suavita, muy suavecita. Dizque su cola se parece a la del zorro: así coposa, coposita, como una mota de algodón; sus garras filudas como las de un gato y que tiene la cabeza de cabrito con un enorme diamante prendido en medio de la frente, brillando como una estrella. El fulgor azulado que irradia el diamante, alumbra su camino en las noches. Y, lo más interesante, dizque da fortuna al que logra cazarlo, cosa muy difícil, muy muy difícil, porque es más rápido que un cerrar y abrir de ojos, mucho más rápido que el propio pensamiento. Mi tayta contaba que una vez unos cazadores lograron agarrar un Carbunclo. Contentos, emocionados, pensando en la fortuna que tenían, lo metieron en un saco. No durmieron haciendo guardia al tesoro. Al día siguiente, con la luz del día, se dieron con la sorpresa de que el diamante se había convertido en una simple piedrecita y el cuerpo del animal en unos cuantos puñados de ceniza. Y así pues, la conciencia, cuando se enciende en el alma de la gente, es como la luz que despide el diamante prendido en la frente del Carbunclo, no se la puede encarcelar ni matar con todas las balas del mundo...

 

 

 

 


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Walter Lingán