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El lado oscuro de Magadalena


I. La maldición del sol

 
Caminaba sin rumbo...

 

En la Rudolfplatz me crucé con grupos de enmascarados, caras pintadas, enfundados en los más descabellados disfraces. Todos, todos llevaban circulando en el cuerpo, sin ninguna duda, varios litros de alcohol. Era el carnaval de Colonia que destilaba torbellinos de alegría y caos. Kölle Alaaf! Kölle Alaaf! Había nevado casi toda la noche, pero amaneció con un cielo despejado. Casi al mediodía el sol brillaba, aunque chicoteaba un viento helado. Seguí por la avenida Richard Wagner. En la primera esquina doblé por la Händelstrasse. Tres vampiros, sedientos de sangre, y dos brujas, con sus escobas ajustadas a la cintura, me saludaron a gritos: Kölle Alaaf! Les contesté: Alaaf! Algunos metros más abajo divisé el aburrido perfil de un convento-iglesia en plena Lindenstrasse. Las calles se agitaban como serpientes, despertaban por el bullicio del carnaval. Entré en el Café Central. Las mesas, extremadamente ordenadas, estaban vacías. Sólo dos jóvenes, sentados a la barra, bebían cerveza, conversaban en voz baja. Escogí dos periódicos y me senté en una de las mesas al fondo del bar-café-restaurante. Mientras bebía un dulci-amargo chocolate con leche, leía, veía grandes escenas de guerra, de pobreza en el resto del mundo. Notas casi insignificantes sobre neonazis y racismo en esta parte del planeta. Fútbol en gigantescos titulares, después, más guerras, muchas guerras. De pronto, ahí, en un rincón casi perdido de la sección Wissenschaft de uno de los diarios se daba cuenta de un reciente descubrimiento realizado por un shamán de origen alemán-aguaruno. “¿Shamán de origen alemán-aguaruno?”... Esto concitó mi interés. Dejé de leer. Mi fantasía voló a ese país que tantas veces imaginé, que tantas veces soñé, galopando sobre las páginas del álbum familiar...

 

Según la noticia, Pedro Gildemeister Nugkuag, conocido también como El Zarco o Brujo Blanco, aseguraba prevenir el cáncer, curar algunas enfermedades inmunológicas mediante bebidas a base de uña de gato. Con aires de una sabiduría extraordinaria hacía conocer al mundo civilizado el poder cicatrizante de la sangre de grado, árbol que crece en tierras intervenidas y semidegradadas de la amazonía peruana. La curiosidad del mundo científico, en un principio muy cauteloso aunque con ciertos alardes de arrogancia, resolvió realizar estudios de laboratorio de estas plantas que los aguarunas acostumbran beber “para obtener fuerza interna”. Los resultados obtenidos fueron sorprendentes. La Shaman Farmeceuticals fue la primera en lanzar al mercado las ahora conocidísimas cápsulas de uña de gato, planta que ha sido designada científicamente como Uncaria tormentosa. La misma empresa farmacéutica corroboró las afirmaciones de El Zarco en cuanto a las cualidades cicatrizantes de la sangre de grado por su alto contenido de taspina y preparaba la pronta circulación de un spray hemostático en los Estados Unidos. Además se había descubierto en la sangre de grado el complejo SP303, un poderosísimo compuesto antiviral.

 

El empresariado nacional peruano también había incursionado en la industrialización de la uña de gato. Ha sido precisamente “Destilados Industriales” la que se ha dispuesto a replantear el escalafón etílico poniendo a la venta el Piscuña, una original mezcla de pisco de uvas con la corteza de uña de gato. El bar Gatopardo de Miraflores ha sido el pionero en introducir el Gatosour, una mixtura a base de pisco macerado con uña de gato, miel de abeja, clara de huevo y jugo de limón, servido en una emblemática copa felina. Luis Zárate, un ilustrado barman, ha dado a conocer la forma de preparar, en casa, macerado y cóctel de uña de gato. Se trata de una receta muy fácil. Picar dos o tres tallos de uña de gato, mezclarlas con tres cucharadas de azúcar en una botella de aguardiente de caña, pisco o ron blanco. Se deja macerar entre 18 ó 20 días con la botella bien tapada. Después aventúrese a ensayar una Charapa ardiente, un Agarrogato o un Mojito con gato...

 

Unas horas más tarde abandoné el Café Central. En la calle el frío se empeñaba en arañar la palidez de mi cara, calaba los huesos, y, como estábamos en tiempos de carnaval, los diablos andaban sueltos. Kölle Alaaf! ¡Alaaf! Kölle Alaaf! ¡Alaaf!

 

Durante mucho tiempo las noticias que había leído estuvieron alimentando al gusanito de la curiosidad en mi cabeza. Avivaban la imagen de mi padre saliendo, desde las páginas blanco-amarillentas del viejo álbum familiar, a caminar con su atuendo de inca-piel-roja-aguaruna-azteca, por las ruidosas calles de Berlín. Hasta que al fin decidí viajar al Perú: conocer ese país que rondaba en mis sueños, recorrer la costa de norte a sur, la Cordillera de los Andes y la selva, tomar un cóctel de uña de gato en el Gatopardo de Miraflores, y, desde luego, visitar a ese hombre llamado Pedro Gildemeister Nugkuag, El Zarco, mitad blanco y mitad indio, igual que yo...

 

En un vuelo sin contratiempos llegué al aeropuerto internacional Jorge Chávez. Lima, la capital peruana, fundada por los españoles, aparecía con toda su fuerza. Un tumulto de taxistas, bajo una lluvia de ofertas, intentaba apoderarse de mis maletas y arrastrarme a sus respectivos autos. Finalmente subí a uno de ellos. Una vez en el hotel, primero fui a la ducha y luego a la cama. Estaba cansado y quería dormir todo lo que fuera posible, quizás unas horas o toda una eternidad.

 

Pronto me vi envuelto en un sueño extraño.

 

Un viento chillón estilaba su llanto entre los pajonales de unas montañas colosales. La noche temblando en medio de su oscuridad. Mis pasos avanzaban reventando truenos en el silencio de la puna. Hacía frío. Un polvo suave envolvía mis pies desnudos. De pronto chicoteó el aleteo de una bandada de pájaros volando casi al ras del suelo y desapareció en la bóveda negra del horizonte. Después avisoré una luz blanca filtrándose bajo el arco de un inmenso portón. Una fuerza desconocida me arrastraba hacia esa puerta, hacia esa cristálica luz. Tras la puerta, abierta de par en par, asomaba la luna sobre un nítido fondo añil. Vi hundirse en la tierra la figura vaporosa de una mujer... Me di cuenta de que estaba dentro de un cementerio. Las cruces tiritaban agobiadas por el frío. Los sepulcros parecían arrullarse bajo la tenue luz de la luna. En el lugar donde se había perdido la etérea mujer, leí sorprendido su nombre escrito con toscas letras sobre una cruz mutilada. Tamara. Reparé en la tierra aún mojada por la lluvia de los días anteriores. Pero, ¿quién era Tamara?... Como un loco, desesperado, abrí la tumba para descubrir quien se escondía tras ese nombre. Con suma facilidad hundí mis dedos, escarbé la tierra de la superficie. Luego, tomé una cruz y continué con mi tarea. La tierra revuelta despedía un fuerte olor a flores hediondas, a carne descompuesta. A los pocos minutos asomó el cuerpo de Tamara. Tenía el rostro amarillo-cenizo, las extremidades ligeramente hinchadas. Sus ojos habían sido devorados por los gusanos, en las cuencas sólo había un hormigueo de larvas blanquecinas. Entonces, cuando menos lo esperaba, una poderosa luz explotó ante mis ojos y me condenó a la oscuridad. Cuando recobré el sentido, me encontré caminando entre árboles gigantescos. Escuché sonidos raros, bufidos de animales desconocidos. De trecho en trecho me detenía para escuchar los tonos quejumbrosos de una quena. “Es la música de los desaparecidos”, me dijo una voz hueca, lejana...

 

Desperté a eso de las seis de la mañana. Los flecos brumosos del invierno se extendían oscureciendo el amanecer. Mi cuerpo se sobresaltó recordando el sueño de esa noche tibia. Muertos. Desaparecidos. Tuve miedo. Me pasé la mano por la cara. En los pasillos del edificio se desparramó el eco de pasos que iban y venían. En un lugar, que no pude precisar, alguien llenaba un cubo con agua. Los grititos de placer de una pareja atravesaban las paredes, llegaban con cierta nitidez hasta mi habitación. Afuera, en las calles del centro de la ciudad de Lima, los ruidos crecían incontenibles. Lima gritaba, palpitaba, se agitaba. Lima vivía.

 

Me levanté a duras penas. Al encender el televisor, me encontré frente a una feroz guerra galáctica destinada a los televidentes más pequeños, "la alegría de la casa", como diría la deslumbrante anunciadora de los programas infantiles. Cambié de canal. Mientras me servía un café, atendía a las últimas noticias. Ahí estaba Esmeralda Shimada, esposa de Roberto Kataoka, Suprema Autoridad del País, rodeada de micrófonos y grabadoras. Sus ojos pequeños bailoteando frente a la luz de las cámaras. Su voz suave matizada de una apacible firmeza. De pronto rompió su monotonía y, amenazando hacer estallar una bomba, dijo no saber qué color tendría la tarde cuando el palacio de gobierno se encienda como paja. El anuncio sorprendió a los periodistas, se originaron murmullos y ajetreos. Ella, mientras tanto, arregló su pañuelo de seda alrededor del cuello.

 

-Los peces no duermen, más bien engordan corrompiendo el agua. Sí, ya sé, me dirán que presente pruebas de la corrupción, pero, como en el mar, las coimas se realizan sin recibos ni contratos, entonces me pedirán que, por falta de pruebas, archive mis denuncias.

 

La trasmisión de las noticias se interrumpió para dar paso a los anuncios comerciales. Cambié de canal. Apareció Roberto Kataoka sentado a las orillas de un río. La corriente de agua mecía ligeramente la caña de pescar. A pocos metros de distancia, Francisco Ríohermoso, General de Generales, con el quepis sobre el pecho, se bamboleaba en una improvisada hamaca. Roberto Kataoka estaba concentrado en el movimiento del sedal; ni los zancudos, que volaban frente a él, perturbaban su mirada. Con cierta regularidad levantaba la mano, acariciaba su brillosa cara de plato. No podía ocultar su torcida y cínica sonrisa, la misma que sacaba a relucir cada vez que comentaba a los periodistas: “La democracia y los partidos políticos tradicionales forman parte de la ficción...”

 

Minutos después volví al canal donde seguía hablando Esmeralda Shimada.

-Esto que les cuento -decía alzando la voz-, es algo más que una historia, un mito o una ficción: es un hecho que nadie ha podido borrar de los recuerdos. Se ha propagado de generación en generación guardando una extraña fidelidad hasta en sus más mínimos detalles.

 

Estallaron relámpagos de luz dibujando sus gestos. Las grabadoras, registrando el creciente murmullo, se acercaron hasta casi rozarle los labios.

 

 

 

-La memoria es la mejor prueba contra el olvido. A los periódicos podrán quemarlos junto a las páginas de la historia. Mi voz, que puede ser apagada, secuestrada, tampoco es prueba de este testimonio. Por eso apelo a la memoria, así será para siempre, y al que le cae el guante, que se lo chante...

 

Atento a la voz de Esmeralda Shimada, entré al cuarto de baño. Pasé la toalla sobre mis hombros, luego puse una pequeña porción de Elmex® sobre el cepillo de dientes. El agua estalló a borbotones, tenía un fuerte sabor a cloro. Llamó mi atención un gato caminando lentamente sobre el techo de una casa vecina. Salí del baño con los pies descalzos.

 

 

-Eran tiempos de guerra -dijo Esmeralda Shimada-. No recuerdo si fue hace cinco o cuatro siglos o quizás tan sólo algunos años atrás. Tampoco puedo recordar si fue a orillas del Marañón o en las asoladas tierras de Ayacucho: en Soccos o en Accomarca. Eran tiempos de odios, de venganzas. Los sueños andaban de guardia. Se lloraba en silencio para no delatarse al enemigo. ¿Y quién era el enemigo? Nadie sabía a ciencia cierta, pero se dijo que Los Combatientes del Nuevo Orden tenían mil ojos, mil oídos, que vivían camuflados entre la gente como peces en el agua. Será por eso, dijeron, que Los Guardianes del Viejo Orden venían cortando orejas, sacando ojos, cortando el agua, secando los campos.

 

Sentado en lo alto de una piedra lloraba un niño, acariciando un gallo ajiseco de cresta roja. Lo acompañaba un perro negro herido de muerte. Había perdido a sus padres en la guerra, entonces ya no le quedaba nada más en el mundo. Abajo estaban las cenizas, el viento avivando el fuego. No había quedado piedra sobre piedra de lo que fue un pueblo o una aldea. Eran las huellas de Los Guardianes del Viejo Orden que habían llegado con el progreso, a salvar de las garras del demonio a una tal democracia y, sin mayores trámites, impusieron la paz de los muertos. Así dijeron voces antiguamente veneradas.

 

Los muertos, habrían dicho los envalentonados Guardianes del Viejo Orden, son los compañeros más cómodos: no hablan, no piden nada, en silencio emergen sus huesos desde alguna tumba perdida, o a veces señalan al sol doblando sus desnudas canillas entre las piedras, o gozan con las caricias de la tartamuda luz de la luna. La noche voló sobre los escombros. El viento anidó entre las cenizas, y los muertos, sin queja, callaron para siempre. Perdidos. Desaparecidos.

 

Una mujer se acercó hasta el niño. Sin decirle nada le abrazó, le secó las lágrimas con un pañuelo blanco, lo levantó. Caminando de espaldas a la desolación, lo llevó a su casa. Allí, bajo los cuidados de esta mujer, el niño fue creciendo hasta convertirse en un muchachito travieso, pero muy obediente y trabajador. La mujer, que para él era su madre, estaba contenta, porque todas sus órdenes eran obedecidas: juntaba leña, traía agua para lavar y cocinar, ayudaba con todas sus fuerzas en la siembra y la cosecha. A veces, se entretenía en el campo, metía los dedos en los quesos que debían venderse en el pueblo vecino, tomaba la sopa a sorbos ruidosos, se limpiaba los mocos con la manga de la camisa; pero cuando se le ordenaba una tarea la cumplía con prontitud. Sin embargo, la mujer no lo vestía bien, no le daba de comer lo suficiente, muchas veces hasta lo trataba mal. El muchachito no se quejaba; por el contrario, trabajaba con más ahínco, procurando ganarse una caricia y amenguar, de esta manera, los malos tratos o los dolores de una bofetada. Si un día se revelaba, era sólo por una cuestión de amor propio, de justicia, nada más.

 

La mujer buscaba el modo de hacerle fallar en algo para darle a probar la amargura de castigos cada vez más severos. Un día le ordenó traer agua en un recipiente que ella previamente había agujereado. El muchacho llegó al pozo, metió la vasija y la sacó casi llena de agua limpia, cristalina. Canturreando alegre regresaba a casa. A medio camino comprobó que la vasija estaba casi vacía. El agua había escapado mojándole los pantalones. Regresó al pozo y repitió la tarea. En pocos minutos, habiendo avanzado tan sólo un centenar de metros, la vasija estaba otra vez vacía. Volvió, llenó el recipiente y con todos sus dedos intentó taparle los huecos, pero sin resultado, el torrente de gotas era incontenible y el agua desaparecía como por encanto.

 

 

-¿Qué haces, muchacho del diablo? -llamaba la mujer-. ¡Apúrate, que necesito el agua...! ¿O crees que tengo todo el tiempo del mundo para esperarte?

 

 

-¡No sé que pasa! -contestó el muchacho-. El agua, mamita, el agua desaparece en el cántaro.

 

 

-¡Aaaah...! ¡Qué barbaridad estás diciendo! Y fue a ver lo que pasaba.

 

Encontró al muchacho totalmente mojado, tratando de tapar con sus dedos la base de la vasija casi vacía.

 

 

-¿Qué haces? -le preguntó; y, sin esperar respuesta, le arranchó violentamente la vasija y la estrelló en el suelo-. ¡No te he mandado a jugar! -le dijo con furia y aprovechó para jalarlo y tirarlo al piso.

 

 

-Pero... ¡El agua, mamita...! ¡El agua desaparece...!

 

La mujer, enloquecida, se abalanzó sobre el indefenso muchacho, le golpeó, le pateó sin piedad. De un tirón le arrancó un brazo y lo arrojó por un camino poco transitado. Después le sacó una pierna y la tiró en un camino ancho y pedregoso por donde solían pasar hermosos jinetes montando veloces caballos. Le extrajo los testículos y se los metió en la boca para acallar sus gritos. Enrollando los cabellos en su mano, le arrancó la cabeza para despeñarla en un abismo rocoso, pero ésta quedó atascada entre las ramas de un árbol. Le sacó los intestinos y, llamando a los gallinazos, se los dio a comer. Las otras partes que quedaron las puso a quemar en un improvisado fogón. Una vez terminada su tarea, se marchó, apresurada. El cielo se oscureció, aunque no llovió, las alas negras de la noche se apuraron en borrar la poca luz que aún quedaba. Fue una noche de vientos tenebrosos que barrieron las huellas, las pruebas del delito, apagando los últimos gritos del muchacho entre cañones y abismos interminables.

 

Después de varios días, Etsa, el Sol, que llega a todos los confines, descubriendo los restos del muchacho, fue diciendo: “A toda persona que encuentres le gritarás: ¡soy el muslo... soy el muslo de una criatura inocente! Tan grande será su miedo, que huirá pensando haber visto al demonio. ¡Yo soy el brazo de un niño!, dirás, pero nadie te creerá. A ti te reconocerán -le dijo a la cabeza- porque aparecerás con el pelo largo flotando en el viento, caerás a la tierra, rodarás, te levantarás y volverás a rodar. Cuando la gente te vea volar hacia los árboles grandes, ayudada por tus orejas, correrán, escaparán gritando: ¡La maldición ha llegado! ¡Ha llegado la maldición! Los Guardianes del Viejo Orden, apostados en todos los caminos, los tomarán prisioneros, violarán a las mujeres, torturarán y matarán sin tener en cuenta la edad ni el sexo. Lloverá sangre. Los sobrevivientes, los testigos -temerosos de las venganzas- no tendrán ánimos para denunciarlos. No habrá autoridad ni fuerza que los detenga y la gente común llorará a escondidas.”

 

Finalmente, entró a la casa de la mujer y le dijo: “Tú, que deberías haber cuidado y alimentado al hijo del hombre; que deberías haberle enseñado a querer a sus semejantes; que deberías haberlo educado en los sentimientos de la paz y la solidaridad; te has comportado igual que esos demonios que se hacen llamar Los Guardianes del Viejo Orden, lo mismo que aquellos otros: Los Combatientes del Nuevo Orden. Le has jaloneado, le has pisado, le has torturado hasta despedazar su cuerpo; una parte de sus restos has tirado por caminos y desfiladeros, con otra parte has alimentado a las alimañas, al final, otra parte has arrojado al fuego. Sus gritos, desgarrando el viento, te perseguirán, ya no podrás vivir en paz. Un día la gente vencerá su miedo, te prenderá y hará justicia... Porque he dicho así -dijo Etsa- esta historia será trasmitida de generación en generación, nunca van a olvidarla. Así será para siempre...”

 

 

Abandoné el hotel. Caminé hasta la plaza de armas. Me detuve frente a un quiosco de periódicos y revistas. Mientras leía los titulares principales mantenía la mano derecha en el bolsillo de mi casaca donde guardaba mi billetera y mi pasaporte “Esposa del presidente denuncia corrupción familiar” rezaban en grandes letras las páginas de la mayoría de los diarios. Según La Primera Dama de la Nación, el Premier Alejandro Kataoka, hermano de la Suprema Autoridad del País, habría vendido las donaciones de ropa que hicieron llegar algunos países extranjeros en su afán de paliar la difícil situación de aquellos sectores afectados por las extremas medidas económicas adoptadas por el gobierno para facilitar el ingreso del Perú en el círculo de la economía mundial. La Madre de la Nación dijo que la ropa donada era vendida en bazares cuyas ganancias iban a parar en los bolsillos de algunos funcionarios estatales. La Suprema Autoridad del País, Roberto Kataoka, no desmentía la denuncia, sólo había declarado: “La ropa sucia se lava en casa.” Ocupando la parte central de la página, uno de los periódicos mostraba una fotografía de las víctimas del terrorismo. “Casi un centenar de Asháninkas, entre ellos mujeres y niños, habría sido asesinado a machetazos, aparentemente, por una tropa de subversivos del Ejército Popular Revolucionario, quienes realizan una larga marcha de destrucción, torturas y asesinatos por la ribera izquierda del río Mazamari. Una base militar, apostada a pocos kilómetros del lugar de los hechos, no movió un dedo para detener la matanza de indígenas”

 

La noticia me estremeció. ¿A qué país he llegado? Me parecía estar viviendo un sueño o leyendo los pasajes de alguna novela de terror. La visión de la fotografía me perseguió durante varios días...

 

Con mis cabellos escarchados por una llovizna delicada, caminaba por una amplia avenida de la urbanización San Borja. De pronto, un reluciente auto negro, presidido por una caravana de adustos motociclistas armados hasta los dientes, llegó a la sede de la Comandancia General de Defensa, conocido como El Gran Palacio, un gigantesco y robusto edificio de cemento que intenta perderse entre las nubes parduscas. Veledonio Mortesino, jefe del Servicio de Inteligencia y Delación Nacional (SIDEN), se apeó presuroso. Bajo un severo arco de tanques y soldados, ingresó en el edificio. Seguido por dos militares, abordó el ascensor y apretó el botón correspondiente al sexto piso, residencia de Roberto Kataoka.

 

 

-En el Grupo Aéreo Número 8 -informa a la Suprema Autoridad del País- hemos dispuesto un avión Hércules que lo trasladará hasta el Grupo Aéreo Número 11 de Talara. De ahí un helicóptero lo llevará hasta Las Huaringas, donde el General de Generales, Francisco Ríohermoso, lo estará esperando.

 

En la choza-consultorio de Perfecto Peña, alumbrado por una débil luz de candil, el General de Generales, Francisco Ríohermoso caminaba impaciente de un lado a otro: la frase de Ángela Ramírez lo tenía inquieto, no lo dejaba en paz.

 

 

-Tranquilízate, hombre. -Le dijo Roberto Kataoka acercándose. Lo detuvo con ademanes tiernos. Acarició el sexo flácido de Francisco Ríohermoso que, a pesar de la doble dosis de guarampa de burro que el famoso curandero le había proporcionado, no lograba la erección esperada.

 

La voz grave y cadenciosa de Pablo Milanés se escuchaba a través de un viejo receptor a pilas:

 

Dos almas / dos cuerpos / dos hombres que se aman

van a ser expulsados / del paraíso que les tocó vivir...

 

 

 

-¡No sé por qué permitiste que el fiscal dé a conocer la existencia de las llaves! -Le increpó Francisco Ríohermoso sin poder ocultar su desesperación.

 

En la penumbra, apenas disuelta por la vaporosa luz, se produjo un breve silencio interrumpido tan sólo por la nítida voz que se escapaba del receptor:

 

Ninguno de los dos es un censor

de sus propios anhelos mutilados

y sienten que pueden en cada mañana

ver su árbol / su parque / su sol...

 

-No perdamos los papeles -replicó Roberto Kataoka con tranquilidad-. Mira, -dijo lanzando un escupitazo verdoso cruzado de rayitas blancas-, no perdamos los papeles... A la gente no le interesan estas cojudeces. Sólo son unos cuantos politiqueros que están levantando polvo... Si siguen fastidiando los acusamos de golpistas, de terroristas o de cualquier cosa. ¿O tú qué piensas?

 

Ráfagas de viento sacudieron el techo de la frágil casucha. La voz del cantante, ajena a las preocupaciones de tan singular pareja, siguió diciendo:

 

Como tú o como yo.

Que pueden desgarrarse sus entrañas

en la más dulce intimidad, con amor,

así como por siempre uno mi carne

desesperadamente en tu vientre con amor también...

 

Francisco Ríohermoso, General de Generales, tampoco podía entender cómo los Comandos de Liberación Nacional, más conocidos como COLINA, iban dejando huellas de acciones tan bien planificadas. En cambio los asesinatos de Uchuraccay y Cayara eran ya hechos casi olvidados. El escándalo por la matanza de Barrios Altos se había capeado con éxito. La desaparición de los estudiantes de la Universidad del Centro y de una familia completa en Huacho ya no eran más que simples anécdotas. Sin embargo ¿dónde falla? Según la tradición militar, recordó, un soldado es una máquina que ejecuta órdenes y no un cabrón sensiblero. ¿Habrán traidores o infiltrados? Las caricias de Roberto Kataoka lo sacaron de sus cavilaciones, pero una lejana voz retumbando en sus oídos avivó la impotencia y postergó una vez más sus deseos carnales.

 

Francisco Ríohermoso decidió aplazar sus ansias de cariño. Se separó bruscamente de los brazos de su amante. Giró marcialmente sobre sus talones. Abrió la rústica puerta de madera y se encaminó, por una trocha delgada, hacia la laguna de Simbe bajo la atenta custodia de los espíritus del cerro Witiligún. Desde la puerta, Roberto Kataoka lo siguió con la mirada. Cegado por el desaire, estuvo a punto de torpedearlo con el lapidario epíteto de ¡soldado maricón!, pero se quedó rumiando el improperio. Sintió en el rostro, en la piel de sus manos, la brisa fría, casi helada, de las quebradas montañas de Huancabamba. Mientras tanto, en la mente de Francisco Ríohermoso, como si la frase la hubiera escuchado, resonaba la maldición de Ángela Ramírez, madre de uno de los estudiantes desaparecidos, con extraños ecos: ¡Militareees maldiiiitoooos! Roberto Kataoka se quedó atento al sonido del viento y la voz que se repetía como una cascada, como el fluido de un río:

 

No somos Dios, / no nos equivoquemos otra vez.

No somos Dios, / no nos equivoquemos otra vez...

 

Aquel día, a poco de haber arribado a Lima, la mañana saltó ensombrecida por nubes endrinas. En Cieneguillas, barrio alejado a varios kilómetros de la ciudad, nadie se fijó en esa columna de autos apurados. No hubo dudas para empezar los trabajos de excavación. El mapa indicaba exactamente el lugar en donde se encontraban las fosas clandestinas. Más tarde, una de ellas mostraba su contundente boca a punto de vomitar restos de huesos calcinados. A unos metros de allí, fue encontrado un manojo de llaves. Entre sus dientes llevaban adheridas restos de piel del abdomen que no habían sido alcanzados por la combustión. Estas llaves —según dijo la prensa—, abrieron las puertas de la verdad de un crimen que, esperamos, no deberá quedar impune.

 

Días después, en la vivienda estudiantil de la universidad de La Cantuta. Con un chasquido la llave reventó la íntima caja del candado que cerraba el ropero de uno de los estudiantes desaparecidos. El fiscal, el rector de la universidad, los miembros de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento y los familiares de los desaparecidos enmudecieron.

 

 

-Se abrió -fueron las palabras del policía encargado de la acción.

 

Se cruzaron las miradas. Rabia. Impotencia. Mutismo.

 

El silencio, haciendo rodar sus fantasmas por alcobas semioscuras, soliviantó los sueños de los zopilotes. Mariposas fúnebres quemaron sus alas en los débiles voltios de luz descuartizada, torturada. El árbol de una colorida yunsa cayó sin hacer estruendo en las pulcras salas de jueces rastreros con los rostros cubiertos de carnavalesco paño negro. El rocío herido en los ojos de Ángela Ramírez se hundió en la hoguera de sus manos maternales. Apretando los puños, gritó: ¡Militares malditos! No pudo comprender: ¿por qué del seno de madres tan cariñosas nacen hijos tan, pero tan crueles?

 

Ante los comentarios adversos y el creciente malestar de la gente, Francisco Ríohermoso, General de Generales, sacó los tanques a la calle para demostrar quién manda en el país. Roberto Kataoka, Suprema Autoridad del País, envuelto en los oropeles de fanáticas adhesiones y giras triunfales, cada noche lo recibe amoroso en el sexto piso de El Gran Palacio. Pronto, un día no muy lejano, la inventiva popular escribirá en las paredes que Roberto Kataoka, en vez de estar al servicio del público en general, está al servicio del público General de Generales.

 

La oscuridad ondea sobre las calles de Lima...

 

Como un relámpago aparece en mi memoria la ciudad de Colonia lavando su rostro añejo a orillas del río Rin. Una densa capa de niebla envuelve sus calles. El frío ronda en las ventanas. La lluvia juguetea en los tejados. El viento helado parece quebrarse entre el ruido ensordecedor de los autos. El perro de uno de mis vecinos se caga en la esquina que forman las calles Mozart, Linden y Roonstraße...

 

Mientras tanto Lima, La Ciudad Jardín, se hunde en la brisa que llega desde el mar. La noche se viste de tinta oscura y la gente no duerme. Tras las ventanas los sueños están suspendidos. El ojo alerta, en vigilia, parece a la espera de algo. A pesar de todo esto, nadie se da cuenta que entre las sombras densas otras sombras más negras se deslizan y colocan, junto a la puerta de la casa de Ángela Ramírez, una corona de flores negras con la fúnebre inscripción: “Por la sempiterna calcinación de tus restos en el fuego glorioso del infierno... Post mortem nihil est: COLINA.”

 

 

II. Viaje al infierno

 

 

La noche serpenteaba pintando de negro el horizonte limeño. La avenida Abancay era un laberinto de ruidos encrespados y arrítmicos. Desfile de sudores veleidosos. Calidoscopio de aromas. Revoltijo de raquíticas luces. Enjambre de temores adormecidos. Agresión etiquetada de verde olivo.

 

Con mi maletín en la mano me desplazaba entre ese tumultuoso y anárquico río. Los hedores de los montoncitos de basura acumulada en casi todas las esquinas se disipaban en las nubes de humo producidas por aquellos vehículos viejos y casi desvencijados dedicados al transporte de transeúntes llenos de resignación. Una hilera infinita de negocios ambulantes conformaban callejones, angostos pasajes, por donde apurados peatones se deslizaban a empujones, a codazos, frotándose los culos. Casas viejas, agonizando de lucidez, con techos planos habitados por gatos y antenas de televisión. Agua sucia y maloliente se empozaba a cada trecho de la calle.

 

El golpeteo de mis zapatos se prolongaba a lo largo de callejones semioscuros. Soldados con cara de pocos amigos paseaban los dedos nerviosos sobre el gatillo de sus armas. La gente no los veía, ni les interesaba verlos. Sabían muy bien que sólo corrían durante los apagones disparando a diestra y siniestra, caiga quien caiga. Al día siguiente la prensa amarilla, devota del dictador, Suprema Autoridad del País, se encargaría de colgarles el título de terroristas y delincuentes.

 

Muchachitos movedizos distribuían panfletos pregonando la inauguración del nuevo local de Ruby, “inigualable fábrica de fantasías”. Un anciano casi sin luz tocaba una flauta y un cajón. Sus dos pequeños nietos bailaban con la mirada triste, apagada. Periódicos y revistas empapelaban de noticias una esquina. Metido en un cartón lloraba un niño. Su hermano lustraba los zapatos a un señor de traje azul y corbata roja. Nadie respetaba las señales de tránsito. Me atreví a cruzar la calle alumbrado por el semáforo en rojo bajo la mirada complaciente de policías y soldados. Una mujer desnuda, con la mirada perdida en un punto indefinido, causaba hilaridad entre el motín acelerado de ojos oscuros. Ella, señalando a los militares apostados en la esquina, gritó: ¡Los soldados se llevaron a mi pobre hijo... Lo llevaron así, calatito, sin su ropita! Dos vendedoras ambulantes corrieron llevando una frazada. Venciendo su resistencia, cubrieron el cuerpo de la desconcertada mujer. Entre la gente, los Pirañitas de ávidos ojos, ágiles manos, eran escurridizos fantasmas asaltando a la volada carteras y bolsillos. Carretillas repletas de frutas pintaban de color las calles.

 

En una esquina, al margen del centro movido y decadentemente opulento, se encontraba su quiosco casi destartalado, abandonado a su suerte. A poca distancia, en medio de la basura, florecían latas oxidadas, se arrumaban vidrios rotos, botellas de aceite con el pico abierto, zapatos viejos cansados de caminar, basura pudriéndose en todos los olores. En el centro de esta úlcera callejera, un muchacho estaba cagando sin importarle la mirada de cientos de ojos burlones. Mientras canturreaba desentonado una canción de Chacalón y su Nueva Crema, dibujaba corazoncitos vacíos con el dedo de la mano derecha. Con la otra mano espantaba a las moscas que ensayaban aparatosas cabriolas frente a su rostro. Unos metros más allá una rata se atrevió a dejar su escondite. Saltó chicoteando el rabo, luego se perdió entre la basura.

 

Media hora después me acomodé en el asiento del ómnibus que me llevaría hasta Chiclayo, primer tramo de mi viaje rumbo al departamento de Amazonas en busca de la enigmática isla de Magdalena, localizada en el río Marañón, en las cercanías del pongo de Huaracayo. Iba al encuentro de alguien que no conocía. Sólo su nombre y algunos datos que me posibilitarían encontrarlo con cierta facilidad: Pedro Gildemeister Nugkuag, El Zarco, mestizo, hijo del emigrante alemán Sigfried Gildemeister y de la aguaruna Suwa Nugkuag Tséjem. Famoso por sus dotes de curandero, de brujo blanco, que había logrado, según las noticias, curar una serie de enfermedades, para la medicina convencional incurables, con ciertas prácticas shamanescas y el uso de la uña de gato, conocida en el ambiente científico como Uncaria tomentosa. Pero a mi me interesaba más su curioso origen, el hecho de que su padre había sido alemán.

 

 

El Zarco y yo teníamos pues algo común en nuestro origen. En mi caso, era mi madre el componente germano de la familia. Mi padre, un mestizo peruano, llegó a Berlín y empezó a propagar la idea del regreso del imperio incaico. No lo conocí. Sólo en el album familiar he visto su figura. Su rostro, seguramente moreno, tenía una frente poderosa, pómulos angulosos, mirada severa, una boca carnosa y coqueta. Una larga y negra, negrísima cabellera lacia trenzada, atada con cintillas de vivos colores y coronada por una vincha sujetando unas plumas al estilo de los indígenas norteamericanos. En algunas fotografías aparecía vestido con la cushma y los adornos de un indígena amazónico. En muchísimas otras, con el trasfondo de un jardín o el borde de algún bosquecillo berlinés, se encontraba posando con la solemnidad de un emperador inca: el bastón de mando hacia adelante, la mirada severa hacia el infinito y la mascaipacha ocultando la superficie de su poderosa frente. En un recorte periodístico, sin fecha, está armado con un arco y una flecha, tratando de cazar ¿una paloma o una rata? en uno de los jardines del zoológico de Berlín. A una pregunta del periodista había respondido: “Soy representante genuino de un pueblo que resiste casi cinco siglos a la invasión europea. A la nación inca la destruyeron los Wiracochas. Saquearon sus riquezas. Casi aniquilaron a nuestra raza. Pero el Inkarri ha empezado a unir sus miembros cercenados y enterrados en los cuatro Suyos. Pronto, muy pronto, se levantará, convocará a sus hijos bajo los dominios de la Pachamama y volverá a florecer el Tawantinsuyo.” En otro pasaje del artículo decía llamarse “Tupac Amaru III, nieto directo del Dios Serpiente”, que “cuando renazca el poderoso Tawantinsuyo los runas azotados, los que sufren, se convertirán en águilas, en cóndores de inmenso y libre vuelo.” Al final profetizaba: “El Tawantinsuyo volverá, será el mundo del nuevo runa. Berlín ya no será una ciudad cercada. Del muro, que limita el corazón de los Wiracochas alemanes, no quedará ni su rastro.”

Pero en las calles de Lima los hombres siguen sufriendo. No son águilas ni cóndores, sólo hombres, runas indefensos. No vi, por ningún lado, señales del Tawantinsuyo... La voz de la Autoridad Suprema del País, Roberto Kataoka, domina la vida política. Tras sus espaldas se alzan los militares y el Servicio de Inteligencia y Delación Nacional. Las acciones violentas de los movimientos alzados en armas, de los terroristas, en su afán de ganar adeptos también causaban temor en la población.

 

La pesada máquina motorizada comenzó a moverse. En pocos minutos, sorteando un caótico movimiento de vehículos y peatones, nos sumergimos en el túnel que atravesaba la Plaza Castilla. Sobre el río Rimac, callado, casi seco, se extendía el Puente del Ejército. El macizo vehículo giró bufando el trébol de la Avenida Caquetá. Lentamente abordó la ruidosa Avenida Zarumilla. Algunos metros más abajo el ómnibus se detuvo frente a un mercadillo ambulante. Recogió a un nuevo y numeroso contingente de pasajeros que se acomodó, como mejor pudo, en el pasillo céntrico. Después de unos minutos estábamos rodando sobre la angosta negrura de la Panamericana Norte.

 

Una muchacha de piel morena estaba sentada a mi costado. Enchufada y atenta a los sonidos musicales de un Walkman. No mostraba ningún interés por lo que sucedía a su alrededor. Su mirada neutra, acentuaba su desentendimiento, aunque cierta curiosidad adivinaba en ella. En el asiento posterior conversaban dos cadetes de la Escuela Militar de Chorrillos, clasemedieros de provincias, aspirantes a un puesto en las decadentes castas limeñas. Sostenían una conversación sesgada de chistes sarcásticos, cínicos, de cierta crueldad. Uno de ellos dijo: Los peruanos ya no se dividen en explotados y explotadores. Ante la escéptica sonrisa del otro, agregó: Ahora sólo hay peruanos con libreta electoral y peruanos sin libreta electoral. Los dos se ríeron a coro. Luego volvió a decir el primero: Bueno, decía que hay dos clases de peruanos, los pesimistas y los optimistas. ¡Ajá!, se animó el otro y sonrió. Los optimistas dicen que en el futuro sólo habrá mierda para comer, volvió a decir el primero. ¿Y qué dicen los pesimistas?, preguntó el otro. Están preocupados porque la mierda no alcanzará para todos, le contestó el primero. Los dos rieron, chocaron las manos y dijeron: En el futuro seremos generales. Delante, una pareja de ancianos se quejaban de sus reumatismos, de lo difícil y cara que estaba la vida. ¡Qué será de nosotros!, exclamaron. Poco a poco nos fuimos alejando de la ciudad, de sus luces y sus ruidos. Más allá surgió la oscuridad en toda su inmensidad. En la radio de un pasajero escuché: “La policía de aduanas hizo el hallazgo de un considerable cargamento de drogas en un avión de la Fuerza Aérea Peruana..., existen indicios sobre la participación de algunos militares, entre ellos se encontrarían implicados varios oficiales de alta graduación. La droga estaba destinada al mercado norteamericano...” Luego me quedé dormido...

 

Otra vez ingresé al espacio de un sueño raro, rarísimo.

 

Caminaba por las calles de una ciudad híbrida: era Ancón y Palma de Mallorca a la vez. Un gato saltó desde una ventana y se perdió bajo la columna de coches estacionados a un costado de la acera. Cerca de un parque se estacionaban poderosas motocicletas rodeadas de jóvenes vestidos de cuero negro y anchas correas con adornos metálicos, extraños tatuajes en los brazos, cabellos cortos y agresivas miradas. En eso apareció un niño con alas blancas, tomó una de mis manos y, batiendo sus alas, me invitó a volar. Agité mis brazos. Sorprendido vi como empecé a elevarme sobre los edificios de la ciudad que no sabía si era Ancón o Palma de Mallorca. Al cabo de unos minutos mis brazos agotados, dejaron de moverse a la velocidad inicial. Perdía altura. El descenso no era en picada. Caía lentamente hacia un hueco oscuro.

 

La caída cesó sobre una plataforma húmeda, de olor penetrante. A ciegas di los primeros pasos. Mis pupilas hacían esfuerzos supremos para acomodarse a las nuevas condiciones. Di manotazos a la oscuridad. De pronto distinguí dos luces amarillas, fosforescentes. Avancé lentamente hacia esos dos puntos luminosos que también se movían. Se filtró una brizna de luz y pude distinguir una masa oscura que venía hacia mí. Estábamos casi frente a frente. Podía escuchar con mediana claridad su ronco respirar. Su ágil salto fue como el vuelo de una navaja. Desprevenido, sólo atiné a defenderme, pero ya sus colmillos se habían prendido de mi cuello. Era un felino, un enorme gato salvaje y musculoso. Sin ninguna dificultad abrió mi pecho con sus fuertes garras. Sacó mi corazón. Lo levantó, aún palpitante, y, arrojándolo por los aires, corrió tras él.

 

Mi corazón era un pájaro recién salido del cascarón. No podía volar, rodaba. Me incorporé en medio de extremos dolores. Intenté caminar pero no pude. De mi pecho la sangre seguía saliendo a borbotones. El silencio era dominante. Sólo escuchaba el burbujeo de mi agitaba respiración. Se fue disolviendo la oscuridad sofocada por los faroles de luz eléctrica que alumbraban la calle de la ciudad que no sabía si era Ancón o Palma de Mallorca. Al final de la calle apareció otra vez el gigantesco felino, jugando con mi corazón. El mar era azul. El oleaje suave. Al borde ya de perder el sentido, alcancé a distinguir a una mujer desnuda revolcándose en las olas con mi corazón entre sus manos. Un gato pequeño mamaba colgado a uno de sus senos. Había un piano clavado en la arena. Un sombrero negro era arrastrado por el viento. Un gracioso monito repartía papelitos doblados y gente sin rostro los abría, desesperada, queriendo conocer su destino. La ciudad era un camaleón: a veces era Ancón, con su avenida de jardines, y a veces era Palma de Mallorca, bañándose en las aguas azules del Mediterráneo.

 

 

-Soy la muerte -me dijo la mujer y me estrechó entre sus brazos. Luego su cuerpo cayó hecho polvo, finísima arena que el viento fue dispersando. En su lugar apareció nuevamente el enorme felino lamiendo mi cuerpo, mis heridas.

 

Una campana repiqueteó con locura. Chirriando se abrió la puerta de una casa. La calle estaba cubierta por una alfombra de gatos muertos. Sonriendo apareció otra vez la mujer. Apartando con el pie a los felinos muertos vino hacia mí. Cuando se puso a mi lado ya no era una mujer: era una gata. No sabía si llamarla gata o mujer. Quizás mujer-gata. Tuve miedo. Empezó a lamer mi mano. Cuando me besaba, era otra vez esa hermosa mujer alternándose con esa gata de pelambre negro-rojizo. Su lengua se convertía en una serpiente roja, en una mariposa amarilla, y a ratos, en una serpentina de colores arrugados. Su risa-ronrroneo acrecentaba mi miedo. De una bolsa sacó mi corazón y lo acomodó en mi pecho. Una serpiente verde de anillos anaranjados salió de su boca y se encargó de cerrar mis heridas. Luego me puse de pie. La extraña mujer-gata se levantó. Volvió a besarme.

 

Desperté asustado. La luz del día se filtraba por la ventana del ómnibus. Lameteaba los bordes de mis manos, los pliegues de mi camisa. Tenía la garganta casi seca y aún sentía el sabor de los besos de la mujer-gata...

 

Eran las siete de la mañana cuando llegamos a Chiclayo.

 

Gente somnolienta caminaba apurada, podría decir, hacia un lugar determinado, en cambio yo deambulaba sin rumbo fijo por los alrededores del Mercado Modelo. Verdeaban los quioscos de pepinillos, lechugas, apios y repollos. Las moscas azuleaban sobre la purpuridad de las carnes. El penetrante olor del arroz con azafrán, de las papas sancochadas, de las frituras a base de manteca de chancho, ají panca colorado y ajo despertaron mi apetito. Me acerqué a uno de los quioscos. Pedí un plato de caldo de cabeza de carnero. La sopa humeaba. Los pedacitos de cebollita china flotaban estrellándose con las papas. Los ojos del animal me miraban resignados. Un mendigo me urgió unas monedas para comprar algo de comer. Luego recorrí la Avenida José Balta. Llegué a la Plaza de Armas. Me senté en una banca. Un chiquillo vino a venderme La República con las últimas noticias. La Suprema Autoridad del País, Roberto Kataoka, hacía alardes del florecimiento de la economía, de los favores de la privatización de las empresas estatales que “sólo trajeron pérdidas a la nación y el crecimiento anómalo de la burocracia.” También hablaba de los golpes certeros que las fuerzas armadas iban dando a las bandas terroristas. Mientras tanto, a mi alrededor, a cada instante, aumentaba el flujo de gente, de coches y de ruidos.

 

A las once de la mañana me embarqué en un camión que llevaba carga a Jaén. Abandonamos Chiclayo pero tuve la impresión de que el vehículo daba vueltas por aldeas cercanas a la ciudad. La carretera era una boa reptando entre bosques de algarrobos, arenales inmensos y secos. En el trayecto hasta Olmos sólo retuve en mi memoria la soledad de los arenales, los nombres de las ciudades de Lambayeque, Jayanca y Motupe. Aldeas y rústicas edificaciones de caña desfilaron por mis ojos como fantasmas abandonados en el desierto.

 

A partir de Olmos, el camión subió la cuesta pujando, tirándose pedos ininterrumpidamente. ¡Poc! ¡Poc! ¡Poc! ¡Poc! De noche logró alcanzar la parte más alta de la cordillera, el Abra o Paso de Porculla, puerta obligada para ingresar al nor-oriente peruano, a la selva, al infierno verde. Azotaba un frío casi helado. La luna preñada de luz, diosa blanca de los cielos, parecía mirarme a los ojos...

 

 

En el principio, Nantu, la Luna, y Etsa, el Sol, eran seres humanos y vivían en la tierra. Poseían amplias casas flanqueadas de hermosos jardines. Numerosa familia al cuidado de sus bellísimas esposas. Entre Nantu y Etsa se había desarrollado una gran amistad. Sin embargo la gente no estaba contenta con ellos. Sufría mucho, porque Etsa con su calor, igual que el fuego, quemaba los sembríos. Nantu, con la luz blanca que desparramaba, prolongaba los días sin fin. No se conocían las noches de plácida negrura ni los cielos de brillantes estrellas.

 

Un día Etsa, queriendo hacerle una broma a Nantu, se le acercó, sigiloso, por la espalda y le pintó el rostro con huito, fruto silvestre que produce una resina de color negro profundo, azabache. Nantu no se percató de esta acción. Sonriendo continuó con dirección a su casa. En el trayecto se encontró con gente que, mirándole la cara, rompía su silencio tímido en carcajadas sonoras. Cuando llegó a casa su esposa, al verle, tampoco pudo contener la risa. «¿Qué pasa que todo el mundo se ríe de mí?», preguntó. Su esposa le contó la facha que tenía con la cara pintada de negro. Nantu se molestó. «¡Apártate!», le dijo, «nunca más me volverás a ver!» Y se fue volando hasta desaparecer en el infinito. Convertido en una pelota muy brillante, se quedó a vivir en el cielo. Algunos días podemos verlo jugar entre las nubes o cuando sale a retratarse en el espejo de las aguas del mar o en la vidriosa superficie de lagos y ríos.

 

 

Desde el Abra o Paso de Porculla la carretera empezó a descender. Llegamos primero a Tambo. El aliento perfumado de la noche anunció que entrábamos en terreno desconocido. Un viento severo, cortante, soplaba intentando apagar la luz de la luna. Desde la cabina del chófer nos llegó el son de un bolero cantado por Julio Jaramillo:

 

El viento me habla de ti

y me repite al oído / que para siempre te has ido...

 

“...Es la hora del bolero auspiciado por té Toro que reemplaza a la leche...”, roncó la voz del locutor. “Demuestre amor a su madre y regálele en su día una refrigeradora Moraveco”... “¿Camisa nueva? No, lavadita con Ña Pancha”... “Ya no pague más alquileres, visítenos en la Urbanización El Sol donde tenemos la casa que usted ha soñado...” (...) “Un saludo Ace lavando y yo descansando para Isabel que nos está escuchando en el balneario El León Dormido, para nuestra amiga Analuz que está disfrutando del verano en el golfo de Acapulco, les brindamos la voz y el encanto del pequeño gigante Armando Manzanero en Aaadoroooo. Y no se olviden, a la hora del desayuno: té toro que reemplaza a la leche.” El rumor del río Huancabamba nos acompañó hasta Pucará. Aquí se detuvo el camión. El conductor bajó y gritó:

 

—¡Los que deseen pueden bajar a comer!

 

Tres casuchas de madera y dos edificaciones de ladrillo de un solo piso conformaban un simulacro de calle frente a una plaza de tierra oscura. Un grupo de chiquillos corrió hacia el camión, se pegó a los viajeros tratando de venderles bolsas con fruta o pan. Un ómnibus, dos camiones casi destartalados y una camioneta amarilla Chevroletâ se estacionaban frente a las casas.

 

Percibí un ligero olor nauseabundo. Sobre una pared pintada de blanco se anunciaba en letras negras: OJO / Proibido Orinar y Votar Basura / Bajo Pena De Multa. Un perro flaco husmeaba entre la basura, ponía al descubierto restos de pescado, vísceras de pollos cruzadas por cardenales de sangre. Dos hombres, riéndose y conversando en voz alta, orinaban bajo el letrero. Algunos viajeros caminaron por la plazuela, estiraron los brazos. El movimiento de sus piernas levantaban pequeñísimos brumos de polvo. Una mujer masticaba maíz tostado que iba sacando de un bolso de lana.

 

El restaurante tenía las paredes de madera. La luz era generada por un pequeño motor. Me percaté de algunas consignas del Movimiento Armado Revolucionario, pintadas sobre las paredes de una casa vecina. En la puerta del restaurante, una anciana, con la piel pegada a los huesos, pedía limosna a quienes ingresaban. Sus dos nietos dormían abrazados sobre una improvisada cama de cartones y ponchos. Caminando lentamente, casi arrastrando los pies, entré en el restaurante. Las mesas y las sillas estaban pintadas de un azul que el uso había decolorado. En una de las paredes un afiche del Papa Paulo VI bendecía la desnudez de una rubia despampanante que hacía propaganda a Inca-Kola, de sabor nacional. La fotografía de Alan García, ex presidente peruano exiliado en Colombia, se amarilleaba frente al retrato de un rejuvenecido Roberto Kataoka, Suprema Autoridad del País. Dudé en pedir un arroz a la cubana o un churrasco montado. Me decidí por un churrasco montado: un bife jugoso, papas fritas y arroz, enrojecidos por gruesas rodajas de tomates. El chofer se acercó a la muchacha, que estaba detrás de un mostrador, con la intención de abrazarla. Entre bromas y risas, la muchacha se escurrió y amenazó con golpearlo con un fierro que tenía entre las manos.

 

Había transcurrido cerca de una hora cuando fuimos llamados para reanudar el viaje. Avanzamos siguiendo paralelamente el curso del río Chamaya, profundo callejón limitado por una sucesión de montañas boscosas. El amanecer inició a pintar el cielo de azul. Casi no había nubes. El sol, rubio y ardiente, se fue extendiendo sobre el follaje de tonos verdosos. El rumor del río se hizo cada vez más nítido. El viento llegaba quemando. Era la selva que nos daba la bienvenida.

 

Serían las dos de la tarde el momento en que llegábamos a Chamaya. Aquí la carretera semejaba la bífida lengua de una serpiente. El chofer me advirtió que debía esperar un ómnibus que vaya en dirección a Bagua. Bajé del camión que tenía un emblemático letrero sobre la cabina: “Si Cristo vive por milagro / Yo vivo sólo por tu amor.” El grasoso piso de tierra de la plaza quemaba: semejaba una película de polvo sobre la rojez de carbón inflamado. El aire arribaba en bolutas calientes hasta los pulmones.

 

Ingresé a un restaurante que tenía el piso de cemento rojo. Una risueña jovencita estaba barriendo el piso con aserrín humedecido en kerosene. Pedí una Inca-Kola helada. Tomé con ansiedad el amarillo refresco dulce. Desde la ventana del restaurante observaba a una pareja de perros copulando. Otros canes impacientes esperaban su turno. Un perro, de piel manchada de negro y blanco, daba vueltas gruñendo en torno a la ocasional pareja. Otro la montaba por delante y horadaba con su miembro la oreja de la hembra. La perra intentaba mover las patas anteriores, agachaba la cabeza, movía las mandíbulas como si estuviera masticando chicle. La jovencita que hacía la limpieza del piso me miró, el rubor le coloreó el rostro. Me fijé en el bronce bruñido de sus piernas, en sus caderas describiendo líneas firmes y provocativas. Obscenas imaginaciones me condujeron a escenas erotizantes. La estridente música de la radio me volvió a la realidad:

 

Qué rabia me da esta situación:

tener que deslomarme por centavos

mientras que hay otros / que se dan lujos

sentados, conversando de la patria...

 

“....¡Fueron Los Mojarras, en Excelsior... la radio... con la puntualidad de Seiko: las dos y quince minutos de la tarde!” -comentó el locutor.

 

Otra vez las consignas del Movimiento Armado Revolucionario abundaban en todas las paredes sobreponiéndose a las del Ejército Popular Revolucionario. En la revista Caretas había leído: “¿Y tú, qué opinas del Bertolotto?” Roberto Blades contestó: “Creo que todo peruano debe sentirse orgulloso del Bertolotto.” Busqué en mis recuerdos esa encuesta del programa Buenos Días Perú, del canal 5, motivado por los cien años del nacimiento del poeta César Vallejo. “Señora, ¿usted sabe quién es César Vallejo?” La respuesta: “No, no sé; es que he estado varios años ausente del país.”

 

No tuve que esperar mucho tiempo. Subí a un ómnibus que se dirigía a Bagua. En Corral Quemado, antes de cruzar el gigantesco y esbelto puente de acero que se extendía sobre el río Marañón, la policía realizó un exhaustivo control de documentos de todos los pasajeros.

 

La caseta de control tenía las paredes de madera, el techo de Eternit®, a su lado flameaba la bandera peruana en un mástil blanco. Sobre una mesita pequeña, cuatro policías, indiferentes a la tarea de sus colegas, jugaban a los dados. Desde la ventanilla traté de seguir el juego. El cubilete de cuero se agitó en el aire. Rodaron los dados. Los jugadores seguían atentos el movimiento de los poliedros. «Caparazón y tres patas al tiro», dijo el que hizo rodar los dados, y entregó el cubilete al jugador de turno. Otro policía, que estaba observando el juego, se separó del grupo y se dirigió hacia el río. Ingresó manoteando unos matorrales, de tal modo que sólo se le veía la cabeza. Después de unos minutos inició el regreso. Luego de dar unos pasos, se detuvo frente a un árbol. Flexionó levemente las piernas. Escondió el abultado abdomen. Con una mano estiró la brageta, trasladó su sexo de un lado hacia el otro y volvió a caminar.

 

Mientras dos policías conversaban con el chofer, un tercero leía la lista de pasajeros. Mencionó cada uno de nuestros nombres y ordenó mostrarle nuestros documentos personales. A su lado otro policía masticaba un palito de fósforos; jugaba haciéndolo rodar entre los labios. Luego continuamos el viaje.

 

Antes de llegar a Bagua cruzamos por el campamento militar El Milagro. Donde hay un soldado palpita un corazón peruano estaba escrito en un cartelón a la entrada del campamento. Entre algarrobos, espinos y calles polvorientas, frente al campamento, se levantaba un conglomerado de humildes casuchas de madera contrastando con las sólidas edificaciones que poseían los militares.

 

Bagua era una bullanguera ciudad comercial a orillas del río Utcubamba. Me sorprendió la pujante modernidad de sus edificaciones céntricas. Los techos cubiertos de enormes planchas de Eternit® daban mayor frescura y elegancia a las casas construidas de cemento armado. Aunque gran parte de las viviendas aún tenían las paredes de caña cubiertas con yeso o barro, pintadas unas de blanco, otras de amarillo y otras de celeste. Encontré alojamiento en el Hotel San Miguel. Más de una semana demoré en organizar mi viaje hacia Magdalena. Era fácil cerciorarse de que la riqueza de unas cuantas familias se acumulaba en lujuriosas oficinas bancarias. Al lado de todo esto, la pobreza era una bofetada en los ojos.

 

Los Aguarunas, cazadores de cabezas humanas, etnia que antaño fuera dueña de estas tierras, del agua y de los bosques, caminaban silenciosos. Vistiendo pantalones de dril y camisetas con emblemas de marcas europeas, son extranjeros en su propia tierra. Los fines de semana se los podía ver en las calles de Bagua, Nazareth, Bagua Grande y Santa María de Nieva vendiendo pirañas y arañas petrificadas, collares de semillas secas, monos, loros, tortugas, pomitos con secretos curativos, cajitas encerrando secretos mágicos y amorosos.

 

El calor intenso, abrasador, aturdía los sentidos. La selva prodigiosa y exhuberante me avasallaba. En uno de esos días fui testigo, por primera vez, de una estremecedora lluvia tropical. Relámpagos destellaban en el cielo. Truenos parecían despedazar al cielo, lo golpeaban como a un viejo tambor.

 

Al atardecer los lameojos, unos mosquitos negros, se empecinaron alrededor de los ojos. Mi cuerpo parecía una masa escurriendo sudor sin descanso. Las noches eran locas sinfonías de ruidos, voces, gritos y chillidos. Los zancudos se acercaban en una cascada de nubes sonoras. El río Utcubamba bramaba, se desgarraba, se retorcía en embriagados remolinos. Agua y maleza constituyen una unidad indisoluble. La gente dice que “el río y el bosque impenetrable son marido y mujer. Se adoran, se aman y se infringen mutuos daños.” El río, inmensa boa líquida, envolvía violentamente a la jungla y la fecundaba, le otorgaba vida. Cielo majestuoso, agua brava y bosque señorial es la selva.

 

En la selva el sol arde, quema, incendia...

 

 

Etsa, el Sol, creaba cosas y animales con el solo poder de su mágica palabra. Luego los bendecía para el bien de la comunidad. Su palabra era respetada y obedecida por toda la gente. Tenía cinco hijos y una esposa muy hermosa.

 

Fue el primero en pensar que la mujer no debería estar sometida al dominio de un hombre. Podría cambiar de compañero, irse de caza o de pesca con quien quiera y después volver con su esposo. Nadie debería tampoco oponerse si un hombre deseaba llevarse a la mujer de otro hombre. Los jóvenes, si les gustaba, podían salir con cualquier mujer casada. De igual manera, un hombre casado podía llevarse a una muchacha. Podrían pasearse por doquier dejando a la propia esposa en su casa. La única condición sería devolverla después a sus padres o esposos. De esta manera, tanto mujeres casadas como solteras se divertirían con hombres casados o solteros sin tener que soportar la crítica de nadie. Además, todo lo que pudieran cazar o pescar debería ser compartido con los familiares de la casa.

 

El mismo Etsa dio ejemplo de tan novedosas ideas. A su esposa la mandaba con otros hombres.

 

 

-¡Váyanse a traer chonta, a cazar! -les decía-. ¡Pero vuelvan temprano, antes de que los niños vayan a dormir! Mientras tanto él se dedicaba a cultivar sus terrenos.

 

Un día su esposa no regresó a la hora indicada. Visiblemente molesto, Etsa se dispuso a realizar algunas tareas en la casa en tanto esperaba el retorno de su mujer: cortó leña y limpió el pozo. Al culminar estas labores se bañó, se puso a descansar. Las horas fueron transcurriendo lentamente y su esposa no daba señales de vida. Para entretenerse Etsa ordenó que aparecieran niguas en sus pies y dijo: “llegará mientras estoy sacándolas.” Terminó de sacarlas y su esposa no llegó. Etsa empezó a perder la paciencia. Maldecía. Saltaba de cólera. ¿Por qué demoran tanto? Al fin, cuando los niños cansados también de esperarla se quedaron dormidos, asomó su esposa, vestida como si regresara de una fiesta. Etsa estaba completamente disgustado, rojo de ira. No encontraba palabras para reprocharle su mala actitud.

 

En estas circunstancias, maldiciendo, Etsa dictó las nuevas reglas: “Lo que dije, que la mujer podía andar en compañía de otro hombre, será abolido. No se le permitirá jugar ni sonreír con otro hombre. Si el esposo es celoso, cuando descubra a su mujer con otro hombre, ha de matar a ambos. Cuando el esposo no se enoje mucho, cogerá su cuchillo y efectuará sendas heridas en las cabezas de la mujer y su acompañante. La mujer que se ría con alguien ha de ser castigada con palizas. De igual manera, las mujeres solteras tendrán prohibido andar fuera de sus hogares sin la compañía de un miembro de su familia.”

 

El causante de la ira de Etsa fue Nantu. Para castigarlo inventó unas trampas con el pretexto de cazar aves. Durante tres días trabajó para disponerlas en el centro de un cerro. Luego pidió a Nantu que fuera y viera si en las trampas habían caído prisioneras algunas aves. En caso contrario debería mecer su pene colocándose en el centro del cerro. Nantu llegó al cerro. Dio un par de vueltas examinando las trampas. No encontró nada. Las trampas estaban vacías. Entonces, en medio del cerro, sacó su pene y empezó a moverlo. De pronto, el cordón de una de las trampas se desenganchó y se enredó en su pene. Intentando escapar de la trampa se fue enredando mucho más. Los esfuerzos por soltarse lo fueron debilitando. Su luz se fue apagando.

 

La mano providencial de un hombre que pasaba por ahí jaló el cordón del lugar adecuado, de esta manera le salvó de una muerte segura. Nantu se levantó. Se encaminó a su casa. Una vez recuperado de sus fuerzas salió en busca de Etsa para matarlo, pero no lo pudo encontrar porque éste había escapado. Etsa, en su loca y desordenada carrera, no se dio cuenta de que había trasmontado las montañas y, elevándose, alcanzó la altura del cielo. Nantu, ávido de venganza, lo siguió. Al llegar al cielo, se quedó atrapado entre las nubes, convirtiéndose en la luna actual. Desde entonces Nantu y Etsa están empeñados en una persecución sin tregua. Cuando Nantu cree atrapar a Etsa, éste se le escapa de las manos y desaparece, hundiéndose en la noche. Dicen que el eclipse de sol es una prueba de los intentos que hace la luna para matar al sol.

 

 

Durante mi breve estadía en Bagua hice algunas amistades, entre ellas con un antiguo colono chotano, quien, departiendo un par de cervezas Pilsen, se desató en abundantes historias de belleza y ferocidad que acechaban emboscadas entre la salvaje vegetación.

 

 

-Si usted se va por el Marañón, río adentro -me dijo-, llegará al infierno mismo. Lluvias o diluvios se prolongan días, semanas enteras. Los ríos se hinchan engullendo hombres, plantas y animales.

 

Volvió a recordar las espantosas fiebres producidas por la malaria. Las extrañas enfermedades devorando la piel. Me habló de la bronquitis y de la tuberculosis que mutilan los pulmones de la gente. De las parasitosis que corroían los intestinos de los muchachos y los desfondaban en líquidos putrefactos. Por supuesto, tampoco se olvidó de monos juguetones, de aves hermosas y de pececillos multicolores que conviven con caimanes, de voraces pirañas junto a fantásticas leyendas de serpientes, sirenas y bufeos, amén de otras alucinantes calamidades.

 

Una noche unos colonos sanmiguelinos me contaron la historia del candiru, microscópico pececillo parasitario dueño de espinillas no retráctiles. Dijeron que se introducía en la vagina o en la uretra de la gente y que ahí clavaba sus espinillas. Mi pensamiento se alborotó imaginando mi uretra invadida de candirus.

 

Al cabo de algunas horas de intensa conversación y alcohol, sentí que mi cabeza había crecido. Giraba vertiginosamente sobre una silla voladora. Decidí retirarme al hotel a descansar. Me despedí de los flamantes amigos y abandoné el bar. Las luces de la calle eran opacas. La noche aún ardía en fiebre. Avancé como un cuchillo: cortando el aire quemante. Llegué al hotel. La habitación que ocupaba quedaba en el segundo piso. Subí las escaleras bamboleándome. Me detuve frente a la puerta. Escuché la música que se filtraba hacia el pasillo. Mis manos palparon la llave en uno de los bolsillos del pantalón. La llave apareció colgada de una placa metálica. Luego de muchos intentos, logré introducirla en el diminuto agujero del cerrojo. La puerta se abrió. La música sonó ahora con mayor intensidad. ¿Acaso había entrado en otra habitación? Entonces recordé: había olvidado la radio encendida. Tenía fuertes deseos de orinar. Entré al baño. Enseguida escuché cómo la lluvia empezó a desplomarse. Retumbaba en el techo de Eternit®. El estruendo casi silenciaba la música de la radio, sólo captaba sonidos deformes y distanciados. Me lavé los dientes. Sin sacarme los zapatos, me tiré sobre la cama.

 

El sueño pesado me cubrió de oscura niebla...

 

La noche era una muchacha desnuda. Me deslizaba por sus carnes bronceadas, alumbrado por luciérnagas juguetonas. Caminaba descalzo sobre la seca hojarazca de cacao. Atravesé un bosque de extraños árboles panzones. Sobre unos árboles de pan-de-árbol algunas parejas de monos hacían el amor. Otros peleaban, chillaban. Se mearon haciendo chispear sus orines sobre mi cabeza. Abandoné el bosque y llegué a un claro arenoso. A lo lejos se escuchaba el canto de los yungururus, aves que cantan para anunciar la medianoche. El cielo se iluminó con un fogonazo de luz violenta. Mis ojos crecieron hasta reventar. El líquido acuoso cayó en la arena, empezó a fluir convertido en riachuelo. Llega a las orillas del Marañón. Confundido con las aguas del río, sigue la corriente verdosa que está flanqueada de capironas, saucecillos y cañaverales. Desde el cielo oscuro se desprendió la luna. Como una moneda blanca que se escapa al fondo de una alcancía, ahogó su luz sobre la superficie del agua. De pronto la corriente se agitó, se abrió como un libro. De sus páginas se arrancó la figura de una joven muy hermosa. Mariposas descansaban sobre sus senos. Sus cabellos trepaban a lo largo de los rayos de la luna. Bajo mis pies crujió una rama rota por mi peso. En las pupilas de la bella muchacha brilló el río. Convertida en tortuga estiró el cuello, olfateó el aire y se arrastró hasta mis pies. Desde aquí inició su lento ascenso por una de mis piernas. El roce de sus patas me estremeció, por suerte, luego de trepar unos centímetros, se cayó y hundió en la arena una parte de su cuerpo. Yo llevaba la cabeza envuelta, a la manera de un grosero turbante, con un pañuelo blanco. De pronto el pañuelo se transformó en una serpiente, se enrolló en mi cuello desplegando sus colores verde, rojo, negro y amarillo. Luego se deslizó por mi espalda hasta depositarse en la arena. Cerré los ojos intentando borrarla de mi presencia. Giré el rostro y vi nuevamente a la muchachita de los cabellos revueltos como una mazorca de maíz.

 

 

-Soy la hija de Tsunki -me dijo y, tocándome el hombro con una planta llamada piripiri, desapareció hundiéndose en la profundidad del río.

 

Seguí sus huellas. La luz de sus ojos se apagaron bajo el agua. Alcé la mano en un intento de retenerla o despedirme, pero su veloz desaparición me dejó un sentimiento tristón y desolado. Desde un árbol cercano un pájaro intentó consolarme con su canto melodioso. Parecía decirme que espere, que espere, que la muchacha volverá. Gigantescos árboles que tenían el cuerpo escamado, semejante al de los lagartos, sus ramas, multiplicándose en infinidad de brazos y dedos, se enredaban como largas, poderosas cabelleras pobladas de flores rojas, violetas, amarillas. Gotitas de rocío eran reventadas en una explosión de colores por las traviesas y finísimas agujas de los rayos de sol.

 

Hasta mis oídos llegaron los extraños susurros de una sinfonía encantadora. ¿Serán los sonidos de la selva convocados por un shamán desde el fondo de una vasija antigua? Escuché un diáfano coro de voces, el silbido de las shushupes, el llanto del ayaymama, el canto de agua de los yacurunas, el sonido del viento jugueteando con los bosques, el gorjeo de los pájaros, el rumor del río conversando con el follaje verde de sus orillas, el rugido del otorongo y del tigrillo. ¿Será el embrujador concierto de las anacondas cantoras anunciando la lluvia? Instantes después volvió el silencio.

 

Sentado sobre una piedra contaba las luciérnagas que pasaban haciendo gala de luces y acrobacia. Noté que amanecía lentamente. El sol encendía su fogata inmensa. Una iguana me observaba curiosa desde su escondite. Los zancudos dormitaban sobre el agua con el abdomen erecto. Las aves cantaban en un murmullo confuso. Sobre la arena escribí: «Tsunki, mi adorada sirenita.» Pronuncié su nombre. El eco de mi voz, atado al viento, viajó llevando mi mensaje. Al cabo de unos segundos apareció a mi lado la hermosa y joven sirena luciendo un vestido de colores centelleantes.

 

 

-He venido a llevarte -me dijo-. Mi familia vive en el fondo del río Marañón -y me invitó a seguirla.

 

Su boca era una jugosa tuna de encarnado corazón. Su cuerpo de cobre brillante semejaba una escultura escapada de algún museo. Por efecto del piripiri estoy locamente enamorado. Sin mostrar ninguna resistencia, la sigo e introduzco mis pies en el agua tibia del río. Hice el viaje agarrado de ella. Llegando a un remanso del río Marañón nos sumergimos en sus profundidades. Así, en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos dentro de un palacio de piedra vigilado por enormes caimanes. Tsunki, la Sirena del Marañón, me hizo entrega de su hija como esposa.

 

El día de la boda se organizó una fiesta grandiosa. Tomamos masato. Al ritmo de tambores bailamos sin descanso hasta el amanecer. Navegando bajo el agua me sentía feliz, circundado por una galante procesión de carachamas, boquichicos, zúngaros, paiches, bufeos y diversas cadenas de pececillos...

 

Desperté empapado de sudor. Miré el reloj. Eran las once de la mañana. El río Marañón aún estaba lejos desde donde me encontraba. Me levanté. Me bañé. Cuando estuve vestido, otra vez el sudor había humedecido mi piel. Salí del hotel con una rara sensación en el estómago. Las calles ardían. Las nubes dispersas ponían parches blancos al cielo azul. Caminé por la calle Comercio. Entré a un restaurante y pedí algo de comer. Una mujer gorda, con un delantal blanco y sucio, me sirvió un humeante caldo de cashcas, peces negros de sabrosísima carne blanca. Me sentía cansado. Los cuadros del sueño de la noche anterior se dibujaban cada vez que movía la cabeza a uno u otro lado. Sólo deseaba dormir y volver a soñar. Soñar.

 

Los días habían pasado sin darme cuenta...

 

Mientras el sol quemaba, yo transitaba por una carretera que atravesaba árboles y árboles y más árboles desconocidos. Inmensos valles sembrados de arroz se sucedían, como una cadena interminable. De tanto en tanto aparecían bosques de café, cacao y plátano. Una serie de nombres fascinantes se había sumado a mi vocabulario. Pequeños poblados y amplios valles se asentaban a orillas del río Marañón. Aramango, Tutumberos, Pomara, Puerto Nazareth, Imasita, Orellana, Alianza, Huachintza, Oracuza, Santa María de Nieva. De tramo en tramo aparecían también cuarteles militares ondeando la bandera nacional. De pronto dije río Chinchipe en voz alta y me pareció gracioso...

 

 

Cuentan que un viejo ibisin, brujo dueño de todos los secretos de las plantas medicinales, tenía una hija muy hermosa. Un día, estando la niña jugando en una poza alimentada por un delgado hilo de agua, encontró una pequeña boa. Al verla tan graciosa, la llevó a su casa para criarla. La boa fue creciendo rápidamente. Cada día su tamaño aumentaba, a tal punto que el viejo ibisin estaba muy preocupado por la seguridad de su familia. Una mañana se despertó al escuchar los gritos de su hija. Se levantó velozmente, cogió su machete y salió de su choza. Cuando llegó al lugar de donde habían partido los gritos, pudo ver con amargura cómo la boa terminaba de engullir a la niña. Su mujer, enterada de la tragedia, lloraba sin consuelo consumida por la tristeza.

 

Días después, el Ibisin, conversando con su mujer, le dijo:

 

 

-A nuestra hija, única alegría de la casa, no la podemos perder así. He elaborado un plan para rescatarla.

 

Sacó filo a su machete. Llenó su vasija con masato. Preparó sus pócimas mágicas a base de ayahuasca. Luego se dejó tragar por la gigantesca boa. Una vez dentro, empezó a machetear a diestra y siniestra. La boa, al sentir los remezones de dolor, empezó a reptar alocadamente sin destino fijo. En pocas horas habían recorrido todos los ríos de la tierra y el espíritu de la ayahuasca le iba dictando al viejo Ibisin el nombre de los ríos por los cuales iban pasando. Así nacieron los nombres para los ríos Yupicruz, Shushunga, Chiriaco, Nieva, Cananya, Santiago, Marañón, Huallaga, Ucayali, Amazonas. Pero el viejo, en su afán de encontrar a su hija, seguía corte y corte hasta que la boa no pudo más. Para evitar morirse con el hombre dentro en parajes extraños a su origen, regresó al lugar de donde había partido. El espíritu de la ayahuasca le dijo al viejo: “Estamos de nuevo en casa”. Éste, terminando de cortar a la boa, salió sano y salvo. Llamó a su mujer. Le comunicó que su hija, lamentablemente, había desaparecido para siempre.

 

 

El calor vibraba en el aire. Desde el río se levantaban difusas nubes manchando el verde paisaje. Los periódicos llegaban cada dos o tres días, o sea, las noticias ya estaban envejecidas. La radio es en estos lugares el principal medio de difusión. Las noticias, observando el fluir de la vida, el comportamiento de la gente, me transportaban a otro país. Aquí la vida tenía otro sentido. Los almacenes Huiman, refrescados por enormes ventiladores colgados en el cielorraso, se abarrotaban de gente a la hora que el calor amenguaba unos grados. Más abajo la juguería parecía no descansar nunca. Militares y policías deambulaban tranquilos entre pacíficos parroquianos. La gente resumía su posición frente al gobierno de Roberto Kataoka con la siguiente sentencia: “El chino no se casa con nadie.” Me llamó la atención la resignación, en muchos, la apatía y el temor en cuanto a la actuación de los militares y de los grupos alzados en armas. Una de esas tardes, entre cerveza y cerveza, un par de viejos, que se preciaban ser los colonos más antiguos de la región, me contaron otra versión de la historia del viejo Ibisin...

 

En un principio no había ni lagos ni ríos. Los tucanes esperaban la lluvia con el pico abierto para apagar su sed. Fueron entonces las lágrimas de la mujer del viejo Ibisin, quien lloraba sin descanso por la pérdida de su única hija, las que se empozaron, formando los lagos que, por acción de las lluvias, se rebalsaron, originando los ríos por donde la pareja se embarcó con la esperanza de encontrar a su hija. Infructuosa búsqueda que, sin resultado, aún continúa. Las muyunas, esos inmensos remolinos, acompañadas de palizadas traicioneras y olas que revientan de improviso, sólo son trampas que la yacumama, boa gigante, madre de todas las aguas, les ha tendido para detenerlos o hacerlos naufragar...

 

 

Al mediodía, después de varios días, llegué a Oracuza. El río Marañón arrastraba una inmensa serpiente de agua marrón. Luego de almorzar en una pequeña cabaña de colonos oriundos de Cajamarca, me embarqué aguas arriba en una peque-peque, pequeño bote motorizado, para llegar, algunas horas más tarde, al colorido poblado de Alianza. Caminé hasta las cercanías del pongo de Huaracayo. Dos o tres kilómetros más allá se encontraba la isla de Magdalena.

 

No fue difícil ubicar a don Pedro Gildemeister Nugkuag, El Zarco.

 

Un perro negro, con una mancha blanca en la frente, me esperaba ladrando frente a la casa. Traté de no darle importancia a su rabioso saludo y entretuve mi mirada sobre los blancos geranios que florecían en la parte delantera del jardín. Un pequeño y ordenado bosquecillo de ciruelos y papayales aromaba el ambiente. El perro ladraba cada vez con mayor agresividad. Dudé, no supe si llamar o esperar a que alguien salga a recibirme y detenga a la fiera que amenazaba con hacerme pedazos. Por fin, la puerta se abrió lentamente. Apareció la silueta de un muchachito bajo el umbral. Al verme se quedó inmóvil. Le brillaban sus ojos claros. Desde el fondo de la casa se escuchó una voz preguntando por lo que sucedía.

 

 

-¡Un joven está parado allá, frente a la piedra! -contestó el muchachito.

 

El perro seguía ladrando. Corría hacia la casa, llegaba a la puerta y luego regresaba ladrando con mayor brío. Desde una ventana, un hombre de cabellos rubios, ordenó:

 

 

-¡Sujeta a ese perro, hijo! ¡Agárralo, deja pasar al joven que viene a visitarnos!

 

El animal se resistía, pero luego de unos cuantos reproches y patadas del muchacho, corrió a meterse bajo la sombra de unos matorrales.

 

 

-Busco al señor Pedro Gildemeister -dije con cierta timidez.

 

 

-A sus órdenes -contestó el hombre de cabellos rubios. Salió de la casa y me extendió la mano-. Para servirlo, jovencito.

 

Me invitó luego a tomar asiento sobre una banca rústica colocada en el corredor. En una hamaca dormía un niño pequeño.

 

 

-Desde ayer lo estaba esperando -me dijo.

 

No dije nada, pero le hice notar mi sorpresa.

 

 

-¡Ah, joven! -dijo-. Ayer en la mañana un brujo...

 

Al notar mi desconcierto me explicó que a la libélula, al caballito del diablo, ellos le llamaban brujo.

 

 

-Ayer, como le decía, toda la bendita mañana un brujo estuvo revoloteando por la casa. Entonces le dije a Mayruna, mi mujer, que íbamos a tener visita.


Correo para Walter Lingán:

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Aténtamente

 

Walter Lingán