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El runasimi, lenguaje de los hombres, o quechua, fue el idioma que hablaron los habitantes del Tawantinsuyo, el imperio de los Incas, y que en los tiempos actuales hablan todavía grandes sectores de la población en Ecuador, Perú y Bolivia. Para los estudiosos de la historia de los Incas es el quechua que más escollos les ha presentado para entender a cabalidad la cultura de los pueblos andinos de Sudamérica. A esta situación también contribuyen las escasas e imperfectas gramáticas y los vocabularios insuficientes que se conocen, aunque en los últimos años se han dado notables avances al respecto. La crisis de poder del incario, que a la llegada de los españoles se debatía en una agria lucha fratricida entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, facilitó el desmontaje rápido de sus estructuras por los conquistadores. En poco tiempo sus monumentos fueron arrasados, su historia desfigurada, su cultura barrida y sus dioses suplantados. Pero su idioma salió casi indemne del cataclismo y en vano los ministros de Cristo estrellaron contra él sus innumerables armas. Sin fuerzas para destruirlo, optaron por penetrar en sus dominios y adueñarse de él hasta convertirlo en instrumento. Casi al mismo tiempo que las primeras crónicas aparecieron los textos de gramática quechua y las versiones del catecismo cristiano. La “Gramática y Arte de la lengua general del Perú” del fraile Domingo de Santo Tomás apareció en 1560 y en 1584 la “Doctrina Cristiana en quichua y aymará” de Antonio Ricardo. Al cumplirse el primer siglo de dominación, más o menos un centenar de opúsculos con gramáticas, vocabularios y los más raros métodos de adoctrinamiento circulaban impresos en las colonias. Aunque es necesario apuntar que la conquista detuvo de golpe la evolución del idioma.
Toda aquella bibliografía no fue realizada por filólogos ni lingüistas, sino agentes de la religión y de los intereses políticos de la España de entonces. No escribieron por amor a los indios ni con el deseo de descubrir las bellezas de su lenguaje, sino como el medio práctico de imponer el señorío de la cruz. Más tarde, en tiempos de las nuevas repúblicas dejaron de ser útiles las gramáticas, los vocabularios y los catecismos coloniales. El clero se había mestizado casi totalmente y, poseedor de la lengua quechua en la medida indispensable, encontraba demás los textos impresos. La amplia bibliografía de la colonia no sólo quedó estancada, sino que empezó a disminuir en su acervo por la destrucción y el olvido de muchos de sus títulos. El quechua perdió inclusive la parcial importancia que tuvo en los siglos anteriores.
Bajo el gobierno de los últimos Incas el runasimi había llegado a un altísimo nivel de desarrollo. El conjunto de cualidades que posee lo presenta como una admirable interpretación de la naturaleza andina. Cada palabra es una imagen estilizada, en cada frase hay una música esencial y el color se halla dosificado en él como en los valles floridos. Es plástico y vigoroso como las montañas, fluido como los ríos, sonoro como el viento y ancho y suntuoso como el Tawantinsuyu. Digamos que el runasimi, como “obra de arte popular” es uno de los monumentos más valiosos que levantó la población andina sudamericana.
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